«El islamismo ha transformado Tánger»

Antonio Lozano

 

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Antonio Lozano | © Cedida por el escritor

Antonio Lozano | © Cedida por el escritor


Sevilla | Julio 2017

Tangerino de 1956, Antonio Lozano es un caso no único, pero sí extraordinario en el panorama literario español, pues se ha ocupado durante años de temas que eran invisibles para el común de los escritores, aunque salpicaran cotidinamente la primera plana de los periódicos: Marruecos y el Estrecho, los inmigrantes, las pateras cargadas de sueños condenados, con demasiada frecuencia, a naufragar.

Afincado desde hace décadas en Agüimes (Gran Canaria), ha desarrollado una intensa labor como prometor cultural dirigiendo festivales como el del Sur-Encuentro Teatral Tres Continentes y el Festival Internacional de Narración Oral ‘Cuenta con Agüimes’. Como traductor, tarea que ha ejercido más esporádicamente que su hermano, Wenceslao Carlos Lozano, se ha ocupado de la obra de autores como Yasmina Khadra, Samir Kassir, Amadou Hampaté o Moussa Konaté, entre otros.

Pero sobre todo se ha dado a conocer como escritor, gracias a títulos como Harraga, Donde mueren los ríos, El caso Sankara o Un largo sueño en Tánger. Para él la literatura es “es una vía para hablar de las cosas que no me gustan del mundo”, afirma. Su última novela, aún inédita, hablará del tráfico internacional de órganos humanos.

El origen tangerino de su familia, ¿explica por sí solo su interés por el Magreb y África en general?

«Un fenómeno colonial: jamás se les ocurría enseñar a sus hijos la lengua del lugar»

En cierto modo sí, nací en Tánger y pasé mi adolescencia y juventud allí. Además de pasar dos años como profesor en Nador y Uxda, mientras estudiaba en Granada seguía teniendo la casa familiar allí, así que estuve yendo y viniendo constantemente hasta los 27 años. Luego ya me vine para Canarias, empecé a viajar al África Negra y descubrí un mundo totalmente distinto, pero fascinante. Me enamoré también de esa parte del continente. Después me he dedicado a leer mucho, a conocer todo lo que he podido a través de su literatura.

¿Considera Marruecos su tierra?

Sí, y aunque no hable árabe para mi desgracia, nunca me he distanciado del país.

Lo de la lengua me temo que es muy frecuente entre españoles nacidos en Marruecos, como en Ceuta y Melilla…

Creo que eso de la lengua es un fenómeno colonial, no se da solo entre los españoles, sino en todo el mundo colonial del siglo XX. Los ingleses estuvieron en la India, en Egipto, en Iraq, en Palestina, en Ghana y Nigeria, y jamás se les ocurría enseñar a sus hijos la lengua del lugar, eran los otros los que debían aprender la suya. Lo mismo los franceses, nunca estudiaron el wólof en Senegal ni el bambara en Malí ni el árabe en Argelia o Marruecos o Túnez. Es una característica, un síntoma de ese dominio colonial que es a un tiempo económico, político y cultural.

¿Cómo llegó su familia a Tánger?

Mi madre nació en 1923, y llegó a Marruecos siendo un bebé, con su familia, huyendo de la miseria de Andalucía y en busca de oportunidades de trabajo desde La Línea, como miles de españoles. Sus padres y sus tíos se repartieron por el país, Tánger, Casablanca… El caso de mi padre fue distinto: fue a hacer la mili a Ceuta, de vez en cuando iba a Tánger de permiso y allí conoció a mi madre, allí se casaron y allí permanecieron hasta el final. Ambos están enterrados en Tánger.

O sea que, cuando usted empezó a escribir sobre migraciones, el fenómeno no le era del todo ajeno, ¿no?

«Conocía a mucha gente en Tánger que tenía prohibido invitar a sus amigos marroquíes»

Nada ajeno, no tanto por el hecho de la emigración, que ya sabemos que es un movimiento eterno, continuo, que nos afecta en mayor o menor medida a todos. Para mí fue muy determinante el hecho de vivir entre dos orillas, primero en Marruecos y luego en Canarias, adonde llegué a los 27 años, y aquí sigo. Me siento de los dos lugares. Y cuando veo ese trasiego humano me afecta, me duele. Me sorprende el modo en que nuestra sociedad percibe a la gente que llega. Gente que para mí tiene un valor cultural altísimo, cada uno de ellos, pero que tanto los que vienen del Magreb como del África negra son tratados con desprecio e incomprensión. Me parece una idea tan errónea de la realidad que me duele y me incita a escribir.

En su novela Un largo sueño en Tánger se habla de la dificultad que tenían los españoles para acercarse a la realidad de los marroquíes. ¿En qué consistía esa barrera?

Pertenezco a la generación post-independencia, de hecho nací en el mismo año de la Independencia, en el 56. Tenía compañeros de clase marroquíes, ya que Tánger, por haber sido una ciudad con un estatuto especial y único, recibía a gente de muchas nacionalidades, y pude hacer amigos de procedencia muy diversa que conservo en muchos casos. Mi relación con los marroquíes era la misma que tenía con otros amigos españoles, o franceses. Pero era una relación totalmente distinta a la de nuestros padres, donde lo normal en las casas de españoles y franceses es que no entraran marroquíes. Conocía a mucha gente que tenía prohibido invitar a sus amigos marroquíes.

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Alejandro Luque

@atoluque

Periodista y escritor (Cádiz, 1974). Vive en Sevilla.
Tras trabajar en la...

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