«Estambul es una amante difícil»

Elif Shafak

Publicado por

Daniel Iriarte

@Danieliriarteo

Periodista y cineasta documental (Zaragoza, 1980). Vive en Madrid, donde trabaja en la sección internacional del diario El Confidencial , después de una década como corresponsal en Asia y el Mediterráneo, los últimos cinco años en Turquía.

Publicado el 21 Abr 2015

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Elif Shafak (Estambul, Mar 2015) | © Ilya U. Topper / M'Sur
Elif Shafak (Estambul, Mar 2015) | © Ilya U. Topper / M’Sur

Estambul  | Abril 2015 | Con Ilya U. Topper

Se ha vuelto más decidida, busca palabras más precisas. Frente a la cautela que imbuía las frases en la entrevista que M’Sur realizó a Elif Shafak (Estrasburgo, 1971) en 2012, ahora la escritora angloturca es más tajante en sus afirmaciones, no ahorra críticas a la deriva autoritaria y religiosa de Turquía.

Su última novela, El arquitecto del universo (Lumen), recientemente lanzado al mercado en España, habla de un Estambul de hace 500 años, aunque se intuyen ciertos paralelismos con la Turquía de hoy. En el libro, la autora sigue las andanzas de un aprendiz del gran arquitecto Sinan (1489-1588), quizás la figura más famosa y probablemente la más universal de la cultura otomana.

Es su tercera novela traducida al español (tras La bastarda de Estambul, 2009 y El fruto del honor, 2012), y no falta un (inesperado) personaje de Salamanca entre las figuras principales. Un guiño de la autora a lo que define como “profundo vínculo emocional con España”. Shafak, cuya madre trabajaba en la embajada turca en Madrid, cuando ella tenía diez años, no tiene problemas en seguir una conversación en español, aunque prefiere el inglés para las entrevistas.

«Me gustaba cómo caminaban las chicas españolas, felices con su feminidad, cómo celebraban ser mujer»

Usted vivió en Madrid de niña. ¿Era muy diferente de Turquía?

Era algo absolutamente distinto; un impacto visual enorme llegar desde un barrio turco muy conservador, religioso, donde me educaba mi abuela, a un colegio internacional del Madrid de los ochenta… Cuando paseaba por Ankara, todo era gris y marrón; en Madrid, las chicas llevaban barra de labio rosa, ropa de colores, la manera que caminaban mostraba que estaban felices con su feminidad. Me gustaba la manera de las mujeres españolas, cómo celebraban ser mujer en el espacio público.

Ahora hay barrios de Estambul donde nada de esto suena extraño.

Sí, ahora hay un cambio. Pero no basta. El equilibrio entre energía masculina y femenina está roto en todo Oriente Medio: donde vayas, la calle, las plazas, la ciudad pertenecen a los hombres; después del atardecer, todo el espacio pertenece a los hombres. La energía femenina se reprima constantemente y se restringe al espacio privado, a la casa. Es una enorme pena.

«Los políticos no deberían hablar de si es correcto que una mujer turca se ría en voz alta en la calle o no»

Tras el asesinato de Özgecan, en febrero pasado, en la prensa cercana al Gobierno hubo sugerencias de instalar transportes separados para mujeres.

No es la solución. Segregar sexos no es el camino correcto. Turquía es una sociedad muy patriarcal, sexista y homófoba, y se vuelve cada vez más conservadora. Me molesta que tantos politicos del (partido gubernamental) AKP hablan de cómo las mujeres deberían vivir, como deberían vestirse, cuántos hijos deberían tener – tres, mejor cinco – y si es correcto que una mujer turca se ría en voz alta en la calle. Un político no tiene que decidir si una mujer se ríe o no. Vienen declaraciones muy patriarcales desde el gobierno, una tras otra. Que mujeres y hombres no son iguales. que la maternidad es la carrera principal de las mujeres. Que todo aborto equivale a un asesinato en masa.

¿Cómo propone cambiarlo?

Necesitamos un movimiento independiente de mujeres, no dividido por líneas partidistas. Lo necesitamos con urgencia. Porque el patriarcado afecta tanto a mujeres que votan al partido gubernamental como a las que están en contra, tanto a las que llevan velo como las que llevan minifalda. Necesitamos ver que estamos en el mismo barco, pero no existe esa plataforma.

«La división entre “nosotros” y “ellos” es muy dura, muy agresiva ahora en Turquía»

¿Y por qué no?

Porque estamos muy divididos como sociedad. Tenemos una polarización extrema, una división en comunidades de gente que piensa igual. Es algo que afecta hasta a las relaciones personales: hay amigos que dejan de serlo porque piensan políticamente distinto. Es normal que haya diferencias; lo que no es normal es tratarse mutuamente como si viniéramos de planetas distintos. La división entre “nosotros” y “ellos” es muy dura, muy agresiva ahora en Turquía.

¿Esta división se debe también a la religión?

Conservadurismo, diría. Hay mucha gente religiosa que vota a partidos muy distintos, pero cierta forma de autoritarismo religioso se ha vuelto más visible en Turquía. Especialmente en los últimos años. Y mi visión es muy distinta a la visión dominante actual en Turquía. Me interesa el sufismo, pero no sólo el islámico: también el misticismo cristiano y judío; son muy similares. Los ortodoxos se peleaban, pero los místicos se entendían entre ellos. No discutían de normas, regulaciones, superficies. Para ellos era un viaje interno, y esto es lo que me interesa.

¿Son malos tiempos para el sufismo?

Es difícil de hablar de eso en Turquía, porque en el momento en que hablas de espiritualidad, la gente piensa que eres religiosa. Y yo no soy nada religiosa, no me interesa ninguna religión organizada, porque todas nos dividen en “nosotros” y “ellos”. Y hay una suposición básica que “nosotros” es mejor que “ellos”. Lo que me interesa es dios, la espiritualidad. Distingo entre espiritualidad y religión.

¿Esta espiritualidad se refleja en el retrato que en la novela hace del arquitecto Sinan, frente a los teólogos de la Corte?

Busco entender la esencia universal, la belleza en la que creía Sinan. Tuvo que reformar la Santa Sofia, pero creo que no la vio como competencia de las mezquitas, no la usó para dividir, sino como un símbolo de unificación, de espacio compartido para cristianos y musulmanes y judíos y zoroastras. Creo que para él, trabajar era su manera de rezar, que así como hablaba con dios, su dios. La arquitectura es una conversación con dios.

«Si el arquitecto otomano Sinan viviera hoy y viera Estambul, creo que se echaría a llorar»

Sinan tuvo que ser un personaje fascinante.

Me interesa sobre todo como planificador urbano. ¡Era tan cuidadoso! Indicaba qué anchura debía tener la calle, cuántos pisos una casa, porque sabía que era una ciudad de terremotos e incendios. Y a veces tenía que tomar decisiones difíciles: preservar un monumento a costa de destruir las chabolas alrededor. Respetaba el espíritu de la ciudad, y eso ya no tenemos hoy. Si Sinan viviera hoy y viera Estambul, creo que se echaría a llorar.

¿Qué sabemos realmente de Mimar Sinan?

Sinan era el mayor arquitecto del mundo islámico, y es una pena que fuera de Turquía se le conozca tan poco. Además, pocos en Turquía saben que nació como cristiano, armenio o griego, y que mantuvo esa religión hasta los 21 años, lo cual era muy poco habitual porque normalmente a los chicos muy inteligentes que se reclutaban para el Palacio, se les convertía ya a los 6 o 7 años. Pero la formación básica de Sinan se hizo en un ambiente cristiano y luego se convirtió en arquitecto oficial de la Corte. No estaba solo, claro que no: trabajaba con cientos de personas, tanto cristianos como musulmanes. Y yo quería mostrar eso, todas esas minorías olvidadas.

«Dicen que en el Imperio Otomano había 72 etnias y media; esa media etnia eran los gitanos»

¿Por qué las minorías?

Porque me interesan los silencios, y hay muchos silencios en la Historia turca. Gente de la que no hablamos. Hay un dicho según el que en el Imperio Otomano había 72 etnias y media, y yo siempre me preguntaba cuál era esa media etnia. Resulta que eran los gitanos. Porque a los cristianos y judíos se les respetaba como ‘gente del libro’ según la tradición islámica, pero a los gitanos nadie los respetaba. Se les maltrataba, no podían montar a caballo, sólo a burro. El Estado controlaba todo: cuántos hijos pudieran tener, dónde podían vivir… Estaban en lo más abajo de la jerarquia social, por eso para mí era importante tener personajes gitanos en la novela.

El protagonista, Jahan, es un personaje inadaptado, parece.

Quería tener a alguien de dentro y fuera a la vez, a alguien que pertenece ahí, y no. Así me siento yo a veces en Turquía: soy parte, pero soy de fuera. Siempre en el umbral. Creo que para un escritor es una buen lugar, porque estás suficientemente cerca como para observar, y suficientemente distante para criticar. Se necesita cierta distancia intelectual para entender mejor. Como Jahan, soy de fuera y dentro a la vez.

¿La historia del elefante blanco también está en los documentos?

Hubo animales salvajes en Estambul, jirafas, un rinoceronte, también algún elefante, aunque eran raros; no me he encontrado ningún documento que hablase de uno blanco, eso es mi aportación. Pero la historia es muy plausible porque sabemos que desde India se enviaban tigres y leopardos. Los sultanes tenían varios espacios expresamente para animales salvajes, sobre todo felinos.

¿Cómo sabe el coste exacto de la mezquita Suleimanía?

Lo encontré en los documentos históricos. Hay libros muy buenos que explican los gastos. No olvidemos que hay una relación entre el coste de las mayores mezquitas, las llamadas mezquitas del viernes, las imperiales, y las guerras. Porque el dinero para construirlas venía de las conquistas, y se utilizaban esclavos en la construcción. También muchas catedrales se construyeron con con dinero que venía de la guerra, pero de eso hoy día no hablamos.

¿Cuánto puede uno inventar cuando escribe una novela histórica?

Es ficción, no existe el concepto de “inventar demasiado”. Debemos intentar volar lo más alto que podamos. Pero para poder imaginar, tengo que hacer antes mi tarea, investigar, leer mucho, saber de qué estoy hablando. Para mí, investigar no es una carga, me encanta, quizás porque tengo un pasado académico como politóloga.

«Se lee a solas, con tolerancia; el fascismo es una enfermedad de masas, necesita muchedumbres»

¿Por qué se hizo escritora?

Escribo historias desde que era una niña. Empecé a escribir temprano no porque quisiera ser escritora, sino porque era una niña muy solitaria, y los libros eran mis mejores amigos. Me ayudarán a salir de mi cascarón. Así que no escribo para enseñar o porque tenga una misión, sino porque me gustan los libros.

¿Pero no cree que escribir ayuda a cambiar el mundo?

Contar historias sí tiene potencial y poder para transformarnos. Un ejemplo: tengo muchos lectores homófobos, pero luego vienen cuando firmo libros y me dicen: me encanta ese carácter, y es uno que habla de homosexuales. Tengo lectores xenófobos, con prejuicios contra los armenios, pero cuando leen una novela los entienden. Somos más tolerantes cuando estamos solos.

¿Por qué?

La literatura es el arte más solitario. El escritor o la escritora está sola, y el lector o lectora está sola cuando lee. En esa soledad conectamos con el universo. Cuando nos juntamos con otra gente nos volvemos menos tolerantes. El fascismo es una enfermedad de masas. Para que el fascismo exista hacen falta muchedumbres.

Murat II como villano de la novela ¿es una alusión actual?

Las discusiones sobre la planificación urbana son relevantes en la Turquía actual. Y el autoritarismo es una tradición continua, porque hay un Estado tradicionalmente fuerte. Tenemos una democracia aparente, pero para que se internalice una cultura democrática, nos falta mucho por caminar, incluso vamos hacia atrás. Muchos políticos, especialmente del gobierno, creen que la democracia es sólo tener la mayoría del voto y que eso les da derecho a hacer lo que quieren. Pero eso no es. La democracia es una pluralidad de voces, una sociedad civil fuerte, un consenso, y cómo se trata a las minorías.

«Hay muchas mujeres en el aparato del partido kurdo; se transforma más rápido que los partidos turcos»

En los últimos años, la cuestión de la minoría kurda, el mayor conflicto del país, parece estar en vías de resolución.

Sí. Es una buena noticia de la que debemos alegrarnos, los intelectuales deben respaldarlo. Más de 35.000 personas murieron en ese conflicto, y no deben morir más. Para mí es tan normal que los kurdos deban tener enseñanza en su lengua materna, sus derechos culturales… pero Turquía no ha sido aún capaz de llegar al punto de aceptarlo. El proceso de reconciliación es importante, pero es frágil, hay declaraciones ultranacionalistas de políticos que lo ponen en peligro. Necesitamos una reconciliación como en Sudáfrica, para hablar del pasado, curar las heridas, creer en un futuro mejor juntos. Todavía no hemos llegado a esto.

¿Pero la dinámica es esperanzadora?

Es muy prometedora. Sobre todo porque hay muchas más mujeres que antes en niveles nacionales, regionales y locales de la política kurda. Antes era una de las regiones más patriarcales de Turquía, estadísticamente, la tasa de asesinatos de honor y violencia machista es mucho más alta en esta zona, el sudeste de Turquía, pero ahora participan muchas mujeres en el aparato del partido. La transformación del partido kurdo es más rápida que la de los partidos turcos. Muestra cuánto las mujeres kurdas, y también los hombres, han evolucionado.

Este mes se celebra el centenario del genocidio armenio. ¿Hay visos de reconciliación?

Al menos el gobierno ha dicho que reconoce y comparte el dolor de los armenios. Pero esto no basta. Por qué no podemos experimentar ese dolor juntos? Es hora de juntarse y curar las heridas juntos, pero la única manera de hacerlo es reconocer primero qué pasó. No podemos argumentar que no pasó nada.

A usted la juzgaron en 2006 por hablar del genocidio en La bastarda de Estambul. ¿Cómo lo recuerda?

Era surrealista. Por primera vez se juzgaba una obra de ficción, y mi abogado, turco, tuvo que defender ante el juez a personajes literarios armenios: a acusación se basaba en lo que decían estos personajes en la novela.

¿Y cómo acabó?

Me absolvieron. El proceso duró un año y era duro, porque había manifestaciones, bandas de ultranacionalistas escupiendo sobre fotos mías, calumnias en la prensa nacionalista, artículos que me acusaban de insultar la condición de turco, de traicionar la nación. Eso desgastaba. Por otra parte hubo lectoras que me apoyaban: turcas, kurdas, alevíes, armenias, judías… eso era muy bonito.

«Me gustaría que los armenios pudiesen olvidar algo su dolor, pero antes yo, como turca, tengo que recordar»

Hoy hay más libertad para tratar el tema ¿cierto?

Sigue siendo un asunto delicado, pero comparado con lo que era antes, es mucho más fácil: se trata en periódicos, revistas, filmes… En parte es mérito de Hrant Dink, era una persona impresionante, pacífica, que creía en la coexistencia, un hijo de esta tierra, que tocó los corazones de turcos, kurdos, armenios. Su asesinato en 2007 es una gran pérdida. No hay nadie como Hrant ahora.

¿Cómo se superará el enfrentamiento turco-armenio?

Me gustaría que los armenios fuesen capaces de olvidar un poquito su dolor, pero antes de que pueda esperar que ellos olviden, yo, como turca, tengo que recordar. Recordar es una responsabilidad.

Y Turquía prefiere no recordar.

Turquía es una sociedad con amnesia colectiva. Yo amo Estambul profundamente, pero me duele qué poco respeto tenemos al pasado. Es una ciudad sin memoria urbana. En Londres o Berlín se ven letreros que dicen: Fulano vivía aquí, aquí ocurrió tal cosa, hace 100 años. Nosotros no tenemos casi letreros sobre la historia. Estamos derribando todo muy rápidamente y construyendo, es una sociedad muy orientada hacia el futuro. Por antigua que sea, Estambul es una ciudad sin memoria.

¿Por qué en Turquía?

Ocurre en las sociedades de todo Oriente Próximo. Miras la historia de ciencias y artes y hay tantas rupturas… Así. los conocimientos no pueden acumularse. En Oxford aún ves letreros de los benefactores del siglo XIV, está la misma librería, no hay rupturas. En la novela comparo al astrónomo otomano Takiuddín con Tycho Brahe, eran muy similares, pero en Estambul, el observatorio que se construyó lo volvieron a derribar. Había un choque entre religión y ciencia, y en algún momento los ulema, los religiosos, dijeron al sultán que era equivocada observar el cielo, que era pecado, y como resultado derribaron el observatorio.

«Estambul me parece una ciudad femenina, así que la amo y a la vez huyo de ella»

Esta tensión entre arte y religión marca toda la novela ¿verdad?

Quería hablar de arquitectura, belleza, creatividad, en una sociedad muy cerrada, autoritaria: ¿cómo puedes crear belleza entre tantos problemas, cómo estar equilibrado entre tanta turbulencia, cómo crear en una sociedad que no celebra la individualidad? Por otra parte, era una sociedad muy conectada: los arquitectos italianos y otomanos conocian sus obras mutuamente, era posible que Michelangelo viniera a Estambul, o Leonardo da Vinci acabara aquí.

¿Puede darnos una pista sobre su próxima novela?

Mi próxima novela me exige leer mucho, estoy asustada. Nos da pánico empezar un libro nuevo, y es curioso: no se vuelve más fácil con el tiempo. Una pensaría que después de escribir diez libros sería más fácil arrancar, pero no: todo libro es un desafío. Sobre todo el principio, porque una vez que estás dentro de la historia, fluye. De todas formas no puedes evitar empezar, por duro que sea, porque la historia es un imán que te atrae.

¿Y a usted le atrae Estambul?

Mi viajer personal siempre ha sido nómada; tengo alma de nómada. Me siento muy vinculada a Estambul, tengo un enorme amor por esta ciudad, pero Estambul es una amante difícil. Me parece una ciudad femenina, así que la amo y a la vez huyo de ella, luego regreso y vuelvo a huir. Eso inspira y a la vez sofoca. Es como una esposa simpática, pero una amante muy difícil.

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