Andalucía allende mar

Publicado por

Ilya U. Topper

@ilyatopper

Periodista (Almería, 1972). Vive en Estambul, donde trabaja para la Agencia Efe.

Publicado el 26 Abr 2016

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Abdellatif Laâbi
El síndrome andaluz
laabi-andaluz

Género: Ensayo
Editorial: Ixbilia
Páginas: 44
ISBN: 978-84-7898-323-0
Precio: 10 €
Año: 2009
Idioma original: francés
Traducción: A. Zennan, A. El Bazi, M. López Enamorado, A. Reyes Ruiz
Título original:


Advierto con partes iguales de vergüenza
y enfado que El síndrome andaluz es el primer libro de Abdellatif Laâbi que ha caído en mis manos. Vergüenza, porque si uno no lee un escritor, es porque no se ha puesto a buscarlo. Enfado, porque todos sabemos que las lecturas de uno dependen en gran medida de qué libro está puesto arriba en la pila del anticuario, la librería, la casa del colega o ese escaparate que algunos llaman Face (lo de -book es un insulto al género). Y parece que las traducciones al castellano de Abdellatif Laâbi nadie los ha colocado arriba en mucho tiempo.

Si a eso añadimos que dos de ellas – el poemario Fragmentos de un génesis olvidado y el ensayo Un continente humano – sólo están en una editorial canaria –Idea Ed. – que no tiene ni catálogo online, y no aparecen si uno teclea el nombre del autor en la web de su librería de referencia (aunque pueden ir a buscarse en la Amazonía), y que la novela El camino de las ordalías tampoco se presenta a primera vista (pusieron Abdelatif con un L, aunque la editorial, Ediciones de Oriente y Mediterráneo, lo ha escrito correctamente), es fácil que se crea la impresión de que la presencia de uno de los mayores poetas, pensadores, militantes de nuestro país vecino – 16 poemarios, 4 novelas, 4 dramas, un ramillete de ensayos, adaptaciones, antologías… – y todo ello en el fácilmente accesible francés – se reduce en España a su autobiografía Fez es un espejo.

Aparte, claro, los poemas inéditos en castellano que ha publicado M’Sur este año bajo el título La lengua de mi madre. Y se agradece doblemente que la pequeña editorial Ixbilia haya apostado por esa plaquette.

Cierto: da un difuso resquemor acercarse a la figura de un gran escritor y pensador a través de lo que es, o parece, una obra menor: un recuento de un viaje a Jerez de la Frontera, que ni con maquetación generosa, presentación (Antonio Reyes Ruiz) e introducción (Antonio Álvarez de la Rosa) consigue superar las 42 páginas. Y es verdad que arranca despacio, además, con una narración aeroportuaria que parece más bien un homenaje cariñoso a sus anfitriones (la Fundación Caballero Bonald). Pero espérense: cuando el escritor decide por fin abrir la caja de Pandora de los recuerdos (pág. 27), ya no hay quien le pare. Y como si se quitara una cortina en un espectáculo, una luz inunda la escena donde se desnuda un hombre: estamos ante un gran escritor.

Con mesurado orgullo, ternura y gracia, deja caer las anécdotas como aceitunas en una ensalada campera

Hay que ser gran escritor para saber contar, estructurado alrededor de un eje – el amor a Andalucía – la vida y milagros de uno mismo, sin fardar, pero sin caer tampoco en esa insoportable manía de pedir disculpas por existir. Con mesurado orgullo, con ternura y con gracia, dejando caer las anécdotas como aceitunas en una ensalada campera. Esbozando a carboncillo a los amigos – las firmes memorias de Abraham Serfaty en materia de lecturas marxistas – , a pluma a la compañera infatigable – “Jocelyne, por un acto que no debía nada al espíritu santo, ya estaba embarazada de nuestro primer hijo” – y a acuarela la joie de vivre compartida – “Nuestros vecinos no entendían que el jugueteo pudiera hacerse a grito pelado y además, a horas intempestivas” – .

Esa alegría de vivir que permea los recuerdos del entonces muy joven escritor, profesor, editor, militante y amante – hablamos de finales de la década 1960 – entronca, si no filosóficamente, sí estilísticamente con la Andalucía que el escritor ya entonces quiere sin conocerla. Sin tenerlo muy claro, tal vez, pero rodeado por sefardíes como Serfaty y compañeros militantes que crecieron en Tánger y Tetuán, perfectamente hispanoparlantes, por tanto, como él es francófono, España siempre era una presencia inmediata, cercana, casi íntima, apenas desdibujada en esa bruma sobre el Mediterráneo, ante la playa de Martil.

Luego, sabemos, vino la cárcel. Ocho años. Porque Laâbi era marxista y compañero de fatigas de Abraham Serfaty – a él, el llamado Mandela marroquí, le tocaron 17 años – en el movimiento clandestino Ilal Amam. Pero ahí, el poeta cierra la caja de Pandora y vuelve a barrer con la mirada la Andalucía que lo rodea hoy, en la visita, cuarenta años más tarde. El vino es tan bueno como entonces, constata. España nunca lo ha traicionado.

Quizás Marruecos sí. Aquel barbudo que le recrimina en la conferencia que no escriba “para el hombre musulmán” es la tenebrosa imagen de un país que ha emergido de los años de plomo olvidando que era una vez, y que debería ser siempre lo que ya los portuguesas lo nombraron hace medio milenio: Algarve d’além mar. La Andalucía del otro lado del mar.

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