Un actor muy grande y otro gigantesco

Publicado por

Alejandro Luque

@atoluque

Periodista y escritor (Cádiz, 1974). Vive en Sevilla.

Publicado el 17 Dic 2018

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Dogman
Dirección: Matteo Garrone

Género: Largometraje
Intérpretes:  Marcello Fonte, Edoardo Pesce
Guión: Ugo Chiti, Matteo Garrone, Massimo Gaudioso
Produccción: Archimede, Le Pacte, Rai Cinema
Duración: 103 minutos
Estreno: 2018
País: Italia
Idioma: italiano

 

Dogman, la última película del aclamado director Matteo Garrone (Gomorra, Reality, Tale of tales) es probablemente la historia más sencilla de su filmografía. La película narra el viejo choque entre el hombrecillo insignificante y el coloso, que se salda con la derrota de éste. Nada que no hayamos visto en el mito de David y Goliath, como en mil cuentos infantiles que nos regocijaban como nos regocija extrañamente todo lo que nos muestre el mundo al revés, y más si ese mundo al revés se aviene a alguna forma de justicia poética. Descubrir ese tipo de victorias antinaturales es un modo dulce de comprender su excepcionalidad.

El cineasta romano, que se basa en un suceso real ocurrido en su ciudad a finales de los años 80, nos presenta a Marcello, un tipo bajito y feúcho que se gana la vida como peluquero de perros en el deprimido y deprimente extrarradio romano, y que se hace amigo de Simone, ex boxeador reconvertido en matón de barrio. Mientras que Marcello es un buen vecino al que todos quieren, y buen padre de una niña adorable, Simone es un ser inadaptado que mantiene aterrorizada a toda la comunidad con sus arrebatos de ira y su desparpajo para delinquir de cualquier manera, ambas cosas relacionadas con su adicción a la cocaína.

Simone es un golem, una masa sin cerebro que solo puede hacer daño, a sí mismo y a todos. Sin embargo, esta no va a ser la clásica peripecia del héroe popular e inesperado enfrentado al mal, puesto que Marcello colabora a menudo en las fechorías de su temible colega. No se sabe muy bien si por no atreverse a llevarle la contraria, o por una irresistible fascinación hacia su figura, se ve arrastrado a hacerle de chófer, de camello, de cómplice. El espectador no tarda nada en darse cuenta de que la cosa, tarde o temprano, va a acabar muy mal.

Hay demasiada gente pequeña y humilde sistemáticamente machacada por los que detentan la fuerza

Así, el planteamiento inicial del filme, que se prometía simple y fácilmente reconocible, se va enriqueciendo con perspectivas más que interesantes. Una lectura sociológica nos invita a preguntarnos hasta qué punto puede proteger el sistema a un ciudadano frente a una amenaza incontrolada como la de Simone. La respuesta es sencilla: apenas si puede. El peso de la ley cae sobre el costado más débil, mientras el verdadero peligro anda suelto y sin bozal. Ante esa evidencia, la colectividad calla y sufre, o busca soluciones fuera de ese sistema. La asamblea de vecinos que se reúne a tal efecto, interpretada por los excelentes actores de la serie Suburra junto a aquel personaje laringectomizado de Gomorra, no tiene precio.

Dogman, sí, va más allá de la anécdota de partida para explicar muchas cosas que suceden a nuestro alrededor, día a día. Hay demasiada gente pequeña y humilde sistemáticamente triturada por los que detentan la fuerza, sea un macarra musculoso o un señor con maletín y corbata. El barrio de los ricos, como se refleja en la cinta, no se libra de algún asalto, pero en el barrio pobre el castigo es cotidiano, incesante. El fiero Simone es un pobre diablo dedicado a hacer la vida imposible a otros pobres diablos que, además de a él, sufren el abandono total de los servicios municipales, la marginación urbana, el machaque de la puta crisis. La mayoría baja la cabeza y calla, e incluso colabora con su propia explotación y sumisión; pero puede que algunos, también, digan “basta” un buen día.

Todo esto lo sugiere Garrone en un trabajo a la vez durísimo y exquisito. Su conexión con el gran cine italiano, con esas poéticas que van de Pasolini a Visconti pasando por Fellini, elevan el tono estético de la historia a niveles sublimes. Las imágenes de animales libres o encerrados modulan muy bien el clima de algunas escenas. El escenario, ese suburbio con descampado, cancha de fútbol y orilla con atardeceres incendiarios, es impagable, pero lo que resulta excepcional es el nivel interpretativo: el de Edoardo Pesce (Simone), un actor muy grande, y el de Marcello Fonte, que a pesar de sus dimensiones reales está gigantesco. Del mismo modo que Garrone encontró al protagonista de Reality en la prisión de Volterra, aquí vino a buscarlo a un centro socio-cultural para ex presidiarios, del que Fonte era vigilante. No cabe duda de que su hallazgo, ese derroche de verdad que es capaz de imprimir en cada escena, fue la piedra angular de esta producción.

Reconozco que no me habría atrevido a mencionar una de las imágenes finales de Dogman si no apareciera en el cartel promocional del filme: ese momento absolutamente inverosímil en el que Fonte se echa a la espalda el peso muerto de Simone, con su largo centenar de kilos, y deambula con él por el barrio. Siempre hay alguien que carga con la cruz de todos, que pena por los pecados de los demás. La última pregunta, la que queda en el aire, es qué pensarán esos mártires después de culminar su viacrucis.

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