Reportaje

Europa mendiga inmigrantes para el campo

Irene Savio
Irene Savio
· 8 minutos
manzanas italia
Manzanas de la región del Véneto, Italia (2009) | © Alejandro Luque / MSur

Roma | Abril 2020

Los primeros en lanzar la alarma sobre lo que estaba ocurriendo fueron algunos pequeños propietarios agrícolas de los campos de Véneto y Lombardía, las regiones del norte de Italia más golpeadas por la pandemia. Era marzo, plena temporada de la fresa —fruta muy perecedera—, algunos agricultores constataron que los miles de jornaleros extranjeros habitualmente empleados en sus campos no habían llegado y, probablemente, no iban a llegar. Un problema que se ha extendido conforme ha avanzado la pandemia y afecta ahora a buena parte de Europa, de formas muy dispares, trastocando de forma inesperada el debate migratorio.

El fenómeno se ha extendido como la pólvora, comenta Francesca Nadalini, quien desde hace 40 años siembra melones, sandías y calabazas en una finca de Sermide, pequeño pueblo rural cerca de Mantua, en Lombardía. “Hasta la fecha, los productores de fresa del norte de Italia han sido los que más se han visto afectados. Pero, si la situación no se resuelve pronto, los siguientes seremos nosotros”, asegura. “Todos los años, a partir de mayo, en nuestra plantación empleamos entre 30 y 40 temporeros procedentes de Moldavia, gente experimentada. Pero de momento parece que este año no va a poder ser, pues no se ha encontrado una manera de que puedan llegar a Italia”, explica esta agricultora italiana, al subrayar su agobio por una situación que pronto le podría suponer alrededor de “un millón de euros” en pérdidas.

La mano de obra extranjera es uno de los motores del campo en Italia. Del millón de personas que se calcula que trabajaron en la agricultura transalpina a lo largo del último año del cual hay datos disponibles (2018), unos 350.000 eran extranjeros comunitarios y extracomunitarios, en particular rumanos (alrededor de 110.000 personas), marroquíes (35.000), indios (34.000), albaneses (32.000), senegaleses (14.000), polacos (13.000) y tunecinos (13.000), según cifras oficiales. No todos son residentes en Italia, sino que muchos procedían de sus países de origen, adonde regresan cuando finaliza la temporada.

Puente aéreo jornalero

Fuera del foco público en tiempos normales, en estas circunstancias, el tema no ha pasado desapercibido. Presionada por las quejas del sector, una de las primeras en movilizarse fue Teresa Bellanova, ministra italiana de Agricultura, quien llamó al embajador de Rumanía en Italia para pedir ayuda y desbloquear una situación que está provocando un significativo daño económico —cuyo alcance definitivo está por verse—. Una de las propuestas, según fuentes cercanas a la negociación, fue la de establecer un puente aéreo para permitir el traslado a Italia de los temporeros afincados en este país del este de Europa. Sin embargo, la operación no cristalizó.

 

Todavía se desconoce si estos trabajadores llegarán a Italia o cuándo podrían hacerlo, y no hay señales de que Rumanía esté dispuesta a comprometerse en el corto plazo. La razón, según explicó Giuseppe L’Abbate, subsecretario de Políticas Agrícolas, es que estos trabajadores habrían preferido evitar viajar por el riesgo a contraer el coronavirus en Italia. “Lamentablemente, existe [de parte de estos trabajadores] un miedo a enfermar por el virus. Y también está el problema de los vuelos [que están suspendidos entre Italia y varios países de origen de los jornaleros]”, ha explicado L’Abbate, en una reciente conversación con un grupo de medios internacionales.

«Miles de extranjeros no van a trabajar a los campos porque la policía ha aumentado los controles»

La situación se agrava, apunta el sociólogo Marco Omizzolo, porque muchos trabajadores agrícolas —inmigrantes residentes en Italia— son empleados sin contrato de trabajo. “Las estimaciones hablan de miles de extranjeros que están en esta situación de explotación laboral. Se trata de personas que tampoco están yendo a trabajar a los campos porque la policía ha aumentado notablemente los controles, y tanto ellos como los empleadores que los explotan no quieren correr riesgos”, subraya Omizzolo, investigador del centro de estudios Eurispes y autor de varios libros sobre la explotación de los jornaleros en Italia —por los que recibió amenazas y tuvo que ser puesto bajo protección policial—.

Para los observadores, es paradójico que las regiones más afectadas sean precisamente Véneto y Lombardía, ambas con gobiernos regionales de la Liga de Matteo Salvini, quien en estos años ha hecho de la mano dura contra la inmigración su principal caballo de batalla electoral. Una exitosa estrategia que los últimos años ha arrastrado al resto de los principales partidos políticos italianos hacia políticas migratorias más restrictivas. Como muestra, la reciente decisión del Gobierno italiano, ahora liderado por el progresista Partido Demócrata y el populista Movimiento 5 Estrellas, de declarar, con el pretexto de la pandemia, que sus puertos “no son seguros” para el desembarco de migrantes rescatados en el Mediterráneo central por barcos no italianos, lo que suscitó críticas de los activistas de las ONG.

La escasez de temporeros también pone de relevancia un ángulo habitualmente minimizado por los partidos que critican a los extranjeros como causa del desempleo que sufren sus países. Los propietarios agrícolas señalan que trabajar en el campo no es una tarea que pueda desempeñarse sin experiencia y fortaleza, por lo que la idea de destinar a personas en paro u otros migrantes no cualificados no es la solución, y existe “el riesgo de perder en calidad”, como señala Nadalini, la productora de Lombardía. “El problema es que pronto quizá será tarde para hacer estos razonamientos. Este año, pocos italianos quieren ir a trabajar por miedo”, señala una extrabajadora rumana de la recogida de las olivas de Lazio, en el centro del país.

Italia no es un caso aislado y el dilema afecta a productores agropecuarios del norte y sur de Europa. A finales de marzo, Alemania restringía la entrada de personas procedentes de países como Polonia, Rumanía y Bulgaria —en plena temporada de espárragos— para tan solo retractarse pocos días después y negociar con Rumanía la entrada por vía área de unos 80.000 temporeros para abril y mayo.

En Portugal, la regularización exprés de extranjeros ha beneficiado a muchos trabajadores de la agricultura

Y Rumanía, esta vez sí, aceptó la colaboración con uno de los países que mejor han logrado contener la epidemia de covid-19. “La mayoría de los alemanes no están acostumbrados a trabajar por horas en los campos. Se quejan de dolor de espalda. Rumanos y polacos son más fuertes, y trabajan feriados y fines de semana”, comentaba entonces un granjero alemán en el diario germano Bild.

La decisión también generó críticas y algunos activistas señalan al Gobierno alemán por poner en riesgo mano de obra extranjera en medio de la peor epidemia enfrentada por Europa en este siglo. “Poco parece haber importado que estas personas hayan viajado sin mantener la distancia social, y que así trabajarán, comerán y dormirán. Lo importante es que no estén en contacto con la población alemana”, ha denunciado Szabolcs Sepsi, del centro de asesoramiento laboral Faire Mobilität (Movilidad Justa).

¿Europeos al campo?

El Reino Unido también ha seguido los pasos de Alemania y los empresarios agrícolas del país empezaron a organizar y recibir los primeros vuelos chárter con temporeros procedentes de Europa oriental. Una decisión que se tomó tras los escasos resultados de las campañas gubernamentales para reclutar a británicos que quieran trabajar en el campo. Una de las agencias de reclutamiento recibió poco más de 1.000 ciudadanos interesados, de los que 900 renunciaron poco después, según cifras de la firma Concordia publicadas por el diario británico The Guardian.

En el polo opuesto, Francia tampoco ha sido inmune al fenómeno, aunque su resolución del asunto ha sido hasta ahora bastante diferente. Tras quejarse de falta de colaboración europea para atender las necesidades del campo francés a causa de la escasez de temporeros, París hizo saber que tuvo éxito en su llamado a la ciudadanía. Más de 280.000 franceses se han inscrito «para echar una mano en el campo», aseguró este pasado martes el ministro de Agricultura francés, Didier Guillaume, confiado en que esto debería ser suficiente para mantener a flote el sector.

Otro caso de éxito es Portugal, cuya decisión de regularización exprés de extranjeros (que tenían pendiente la autorización de residencia) también ha beneficiado a muchos trabajadores de la agricultura. De ahí que también en Italia la ministra de Agricultura lo haya propuesto como solución para que otros trabajadores puedan incorporarse legalmente a la fuerza laboral que necesita el mundo agrícola. El camino del debate, sin embargo, es cuesta arriba, sin consenso en torno a las propuestas ni —todavía— un plan claro para salir adelante.

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