El heredero impostor

Publicado por

Ilya U. Topper

@ilyatopper

Periodista (Almería, 1972). Vive en Estambul, donde trabaja para la Agencia Efe.

Publicado el 17 Sep 2020

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Pierre Assouline
Regreso a Sefarad

Género: Ensayo
Editorial: Navona
Páginas: 424
ISBN: 978-84-1797-803-7
Precio: 24 €
Año: 2018 (2019 en España)
Idioma original: francés
Título original: Retour à Sefarad
Traducción: Phil Camino

¿Qué es lo primero que hace un español cuando llega a París? Ir a Los Inválidos para ver si Napoleón realmente está muerto.

Pierre Assouline, hombre elegante de perfecto bronceado, estilo y clase, cuenta este chiste en una cena en Madrid y nadie se ríe. Deduce que no tienen humor. No sabe que los españoles ignoran qué son Los Inválidos y que su recuerdo colectivo del paso de Napoléon por España se limita a un cuadro de Goya y una cancioncilla gaditana. Es la ventaja de tener una memoria histórica escasa: se trata a los demás como gente normal, no como embajadores de siglos pasados.

Pierre Assouline tiene memoria histórica: sabe que a su familia la expulsaron de España hace exactamente quinientos años. Para algo es sefardí. Y como tal, decide, España es su país y debe recuperarlo. No se lo había ocurrido hasta el discurso de Felipe VI en 2015 que daba bombo a una reforma legal aprobada ese año para simplificar un proceso que los consulados llevaban años tramitando, pero qué es una ley, habiendo un rey.

Y ahí acude Pierre Assouline (Casablanca, 1953), escritor francés laureado, al consulado español en París y entrega sus papeles. Al mismo tiempo decide escribir un libro sobre la experiencia; lo llamará novela, si bien no llega al nivel de autoficción que las editoriales hoy día creen la mejor manera de lanzar al estrellato a las escritoras jóvenes. Es más bien un ensayo narrado en primera persona. Un ensayo sesudo: aquí encontraremos mucha información sobre el proceso de expulsión de los sefardíes en 1492, la disyuntiva entre bautizarse y permanecer o seguir la fe y abandonar, los juicios de la Inquisición, los altobajos de la comunidad en siglos anteriores, incluidos disputas entre rabinos y conversos ante el rey. Fascinante. Assouline ha leído mucho —la bibliografía son ocho páginas sin punto y aparte— y lo ha aprovechado muy bien.

Assouline ha leído mucho de historia, pero sobre la realidad de los sefardíes de hoy pasa de puntillas

Eso, en lo que atañe a la parte histórica. Sobre la realidad de los sefardíes de hoy pasa de puntillas. Claro que sabe que las listas de “apellidos sefardíes” que circulan entre los aspirantes no son oficiales, pero omite aclarar el efecto sabotaje de estas listas, que han llevado a la prensa a especular —y asustar— con “millones” de posibles aspirantes. Omite señalar que gran parte de estos apellidos son magrebíes, bereberes, árabes, no sefardíes, siguiendo la total confusión de los términos sefardí y mizrají que reina en Israel. Reproduce el tópico de que prácticamente cualquier apellido español es judío: “¿Se llaman Martínez? Pues sepan que es judío, en fin, de origen”. Cuando los judíos bautizados eligieron precisamente ese tipo de apellidos cristianos para fundirse en la multitud.

Apenas roza la postura de Israel respecto a la ley española: camufla que ha sido fervientemente opuesta, aunque no ignora el debate: “Esta ley del retorno es una negación encriptada de la necesidad de Israel” cita a un amigo. Justo. Pero deja en suspenso el tema de inmediato. Tilda de “ligeramente pretenciosa” la idea de ser “un descendiente carnal de los patriarcas” y despacha la cuestión con un garboso: “Si ya me cuesta trabajo encontrar la huella de mis antepasados de hace cinco siglos en España, ¿cómo pretenden que encuentre las de mis antepasados de hace tres mil años en el reino de Judea?” Y ya. Una elegante voluta dialéctica que difumina la diferencia entre una realidad histórica —en virtud de la cual él pide un pasaporte español— y un mito religioso. Una manera de poner en pie de igualdad la teoría de la evolución y la costilla de Adán.

Ser judío no obliga a posicionarse respecto al conflicto de Palestina, ni aunque Israel se arroga hablar en nombre de todos los judíos del mundo. Assouline puede desentenderse. Pero en ese caso, lo que no puede hacer es utilizar el hecho de que en España sí hay quien se posicione y apoye el movimiento BDS (Boicot, Desinversiones, Sanciones) como parámetro de un “antisemitismo” español, un odio al judío descendiente en línea directa de los reyes católicos y la Inquisición.

No aparece ningún sefardí que lleve menos de quinientos años en la tumba

No querer afrontar la cuestión del sionismo pero utilizar el activismo antisionista para reclamarse perseguido no es honesto. Ni lo es dar por hecho que denunciar la ideología oficial de Israel sea odiar a “los judíos”. Assouline no recuerda las palabras de un gran compatriota suyo, el judío marroquí Abraham Serfaty: “El sionismo político de quienes fundaron el Estado de Israel es antijudío y antihumano. Es racista”. Pero Serfaty no aparece en el libro. Si nos fijamos, no aparece ningún sefardí que lleve menos de quinientos años en la tumba. De la vibrante comunidad de Casablanca, donde Assouline nació y se crió, ni una palabra. La única anécdota familiar de aquella ciudad: la muerte de un canario comprado en Madrid y llamado Goya.

¿He dicho que pide un pasaporte? Más bien lo exige: el rey ha hablado, y Assouline reclama su derecho. Se impacienta cuando el proceso se estanca y todo son trabas burocráticas. ¿Por qué tanta prueba, requerimiento, documentos? se queja. ¡Cuando nos expulsaron, no nos pidieron tantas pruebas!, llega a exclamar, en una boutade que condensa el tono del libro: la arrogancia. ¿Quién es España para pedirle que demuestre ser sefardí? ¿Acaso quiere insinuar que miente?

El motivo es sencillo: Pierre Assouline miente. No es sefardí.

Lo admite cuando se lo dicen a la cara. Se lo dice, en la página 142, una latinoamericana descendiente de judíos españoles bautizados que se ha convertido al judaísmo por el mismo motivo. Es decir, de impostora a impostor: Usted no es sefardí. Es judío magrebí, como los árabes.

Podría mostrarnos que Sefarad fue solo una pieza más de una antigua civilización judeomediterránea

Y Pierre Assouline agacha la cabeza y calla porque sabe que ella tiene razón. Por supuesto, en su familia no faltarán abuelas, nueras, yernos sefardíes, pero una cosa es tener algunos antepasados sefardíes y otra es ser sefardí. Assouline, lo ha explicado en las primeras páginas del libro, es un apellido bereber, no español. Decir que su abuela, Freha Illouz, proviene del pueblo navarro de Iloz es tener voluntad; se trata de una familia documentada únicamente en Marruecos con apellido probablemente amazigh también. Por parte de madre están los Zerbib, conocidísima familia judía argelina en cuyo caso queda directamente extemporáneo añadir “originarios de Livorno”. Y finalmente los Serfaty, apellido magrebí judío por excelencia, atestiguado en todas partes en la España medieval.

Pierre Assouline podría haber dado un volantazo aquí para lanzarse hacia un horizonte distinto: tras seducir al lector con la historia del pasaporte español, un mcguffin perfecto, podría abrirnos los ojos para mostrarnos la enorme riqueza del judaísmo en todo el Mediterráneo occidental, su profunda imbricación en la cultura e historia de los reinos del Magreb (y en la formación de Israel: ¡hasta la mano cincelada que venden como amuleto judío en los zocos de Jerusalén es marroquí!), podría enorgullecerse de pertenecer a una estirpe judía que se considera más antigua que Babilón. Podría mostrarnos como la legendaria Sefarad fue solo una pieza más de una antigua civilización judeomediterránea cuyos descendientes están a punto de desaparecer. Podría haber escrito el libro que falta por escribir, y que cien tesis de medievalistas no pueden reemplazar.

No lo hace. No puede porque ¿él, como los árabes? Desde que el decreto de Crémieux otorgara en 1870 la nacionalidad francesa a los judíos de Argelia, los israelitas —así se hacen llamar— han dejado de ser indígenas: eso queda para los musulmanes (así se los llama: indígenas). Ahora hablan francés, les ponen a sus hijos Émile, Adolphe, Pierre, Monique, Marie, Emilie. El divide y reinarás de París funciona: a partir de la mitad del siglo XX, la milenaria presencia judía de África del Norte se va reduciendo a cero, el Magreb se torna tierra islamista, nadie quiere acordarse de otros legados. Ni siquiera Pierre Assouline.

En la última parte del libro, el autor elucubra el dilema de una doble personalidad, dividida entre dos identidades: la francesa y la española; fantasea con acabar viviendo en la Isla de los Faisanes en el río Bidasoa. Que él, nacido y criado en Casablanca, pudiera sentirse marroquí es algo que obviamente nunca se le ha ocurrido. Para un Assouline, sentirse parte de España, un país capaz de dejarse someter por Napoleón y de ofrecer bocadillos de jamón en un autobús, ya es suficiente exotismo, suficiente concesión al lado salvaje, suficiente gesto de rebajarse. ¿Y ni por esas? Majestad, o me envía usted ya ese maldito pasaporte o “enviaré una columna incendiaria a El Mundo o El País. Y España no se repondrá” (pág. 374).

O mejor escribo un libro. Se llamará Regreso a Sefarad.
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