Macron contra la virginidad

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Ilya U. Topper

@ilyatopper

Periodista (Almería, 1972). Vive en Estambul, donde trabaja para la Agencia Efe.

Publicado el 15 Nov 2020

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“Que Dios lo acoja y que cunda su ejemplo”. Con estas palabras en árabe circula un vídeo que muestra la muerte del joven checheno Abdoullakh Anzorov por disparos de la policía. Blande aún el machete con el que mató al profesor Samuel Paty por haber mostrado caricaturas de Mahoma. De hecho, parece que ha ya ha cundido: tres muertos más en Niza lo atestiguan.

No era difícil de prever. “Si no hay una disculpa oficial de Francia a todos los países musulmanes respecto al discurso racista y los actos abusivos contra el profeta, pues ateneos a las consecuencias” escribió una semana antes Abdullah N. Al Thani, miembro de la familia real de Qatar y, según su cuenta verificada en Twitter, presidente del Málaga CF. Este último detalle es una impostura: Al Thani fue apartado del club por orden judicial en febrero pasado.

Lo que no era una impostura es la amenaza: Qatar lleva dos décadas financiando mezquitas y predicadores radicales que tienen muy claro lo que merece alguien que caricaturiza a Mahoma: la muerte.

“Caza de brujas”. “Extrema derecha”. “Carácter represor y racista del Estado francés”. “Caldear el ambiente”. “Hoja de ruta de la islamofobia”. Esos son los términos con los que un diario español que se tiene por izquierdista describe las medidas anunciadas por el Gobierno de Emmanuel Macron tras el asesinato de Paty: la detención de 7 personas, entre ellos un conocido imam radical, el cierre temporal de una mezquita y la disolución de dos ONGs islamistas.

Me encantaría decir, como en todas las guerras, que aquí combaten dos extremos y que lo cívico y ciudadano es no afiliarse a ningún bando. Pero no es cierto. Nuestra opción cívica y ciudadana de no afiliarnos a ningún bando es lo que ha llevado a la muerte de Samuel Paty.

Lo que ha llevado a la muerte del profesor Samuel Paty es nuestra postura equidistante

Lo que ha llevado a la muerte de Paty —y desde la masacre de Charlie Hebdo en 2015 ustedes deberían saberlo: tiempo han tenido para despertar— es nuestra postura equidistante. Nuestro “Ni lo uno ni lo otro”. No está bien decapitar a profesores, por dios no, pero tampoco está bien caricaturizar a profetas. No está bien amenazar de muerte a una chica si lee un poema satírico en Facebook, pero tampoco está bien leer poemas satíricos, alguien se podría sentir ofendido. No está bien encarcelar, azotar o degollar a mujeres por no llevar velo, pero eso solo ocurre ahí lejos, por lo tanto tampoco está bien criticar el velo.

Así que ustedes van y renuncian a caricaturas, a parodias, a críticas. Ante la pretensión de imponer dogmas religiosos como si fuesen leyes, ustedes se callan. Recomiendan callarse. Acallan a los demás. “Un profesor nunca puede provocar. El islam prohíbe retratar a Mahoma, pues no se puede mostrar en clase, así de sencillo”. Así comentó el asesinato de Paty un profesor de periodismo de La Blanquerna (Cataluña). La religión manda, el colegio público ha de obedecer. ¿Libertad de enseñanza? Dios no lo quiera.

No es casualidad que La Blanquerna sea una institución cristiana. Porque esto no es una guerra del islam contra “los valores europeos”. Esto son dos conceptos de valores enfrentados, ambos universales, ambos igual de europeos: la religión contra el laicismo. Es una nueva ronda de la batalla para la que la Alemania del siglo XIX acuñó el término Kulturkampf: lucha de culturas. Entonces enfrentaba al papa Pío XIX con Otto von Bismarck, canciller del Imperio alemán. El objetivo: separar Iglesia y Estado.

El papa Leo XIII insistió en 1888 que “jamás es lícito ni pedir ni otorgar libertad de conciencia”

La jerarquía católica se opuso de forma vehemente. No tan vehemente como la jerarquía islamo-salafista hoy, no constan decapitaciones, pero atentado hubo: un obrero católico disparó contra Bismarck en 1874. Con mala puntería. Pío IX se reafirmó en la opinión de Gregorio XVI, que en 1832 había definido la libertad de conciencia como “demencia y pestilente error”. Su sucesor, Leo XIII, insistió en 1888 que “jamás es lícito ni pedir ni otorgar libertad de conciencia, libertad de prensa, libertad de enseñanza, ni libertad religiosa sin distinción”.

Bismarck les dio duro. 1800 curas y dos obispos fueron a la cárcel, otros se exiliaron, los jesuitas fueron expulsados, el Estado confiscó propiedades eclesiásticas por lo que hoy serían 120 millones de euros y se canceló toda subvención a los obispados que no jurasen acatar las leyes del Estado. Ganó dos batallas antes de firmar un armisticio y estas victorias las conserva Europa hasta hoy: arrebató a la Iglesia el control del sistema escolar, a partir de entonces estatal, y logró instaurar el matrimonio civil: desde entonces es posible casarse sin el visto bueno de los sacerdotes.

De ahí venimos, esta es nuestra Historia, y no es una historia antigua: aunque el Concilio Vaticano II admitió en 1965 la libertad de conciencia, a Pío IX lo elevaron al rango de beato en 2000. Y en 2015, el Papa Francisco I lo volvió a tener muy claro, preguntado por la masacre de Charlie Hebdo: “Es natural. No se puede uno burlar de lo sagrado. No se puede”. Es natural: Charlie Hebdo, que es una revista de izquierdas, también se mofaba de la Iglesia.

¿Cómo puede uno arrebatarles a los musulmanes el derecho de dejarse oprimir por sus dogmas religiosos?

Bismarck no era de izquierdas. Al contrario: era monárquico y un acérrimo enemigo de los socialdemócratas y los sindicatos. Tampoco es de izquierdas Emmanuel Macron. Lo que llama la atención es que la izquierda francesa, al igual que la española, no es que se mantenga al margen: se ha entregado con armas y bagajes al bando religioso para combatir el laicismo. Con el curioso argumento de que ser laicos es de derechas o de blancos o de europeos supremacistas, y que la izquierda debe respetar a los pobres pueblos oprimidos que necesitan la religión para subsistir. ¿Cómo puede uno arrebatarles a los musulmanes el derecho de dejarse oprimir por sus dogmas religiosos? ¡Eso de querer ser libre es un privilegio de blancos y debe seguir siéndolo!

Si esto le parece racista, lectora, es porque es racista. Tan racista como la primera declaración de Jean-Luc Mélenchon, líder del partido La France Insoumise, tras el asesinato de Paty: señaló que Francia tiene un problema con la comunidad chechena y que habría que plantearse expulsiones. No diré yo que no exista un problema con los chechenos, pero refugiarse en la etnia del asesino —que actuó solo, no como parte de una banda— para no tener que nombrar el salafismo es de cobardes. ¿Desde cuándo la izquierda tiene miedo a hablar de ideologías?

Porque de ideologías hablamos, no de etnias, no de inmigrantes. Esto es una lucha entre dos Europas. Son legión los franceses y los españoles que sin escribir un solo tuit de condena al asesinato de Paty llevan dos semanas llenando las redes sociales con mensajes de respaldo a Baraka City, la ONG caritativa ultraislamista ahora disuelta, y el Colectivo contra la islamofobia en Francia (CCIF), amenazada de disolución.

No son organizaciones implicadas en el asesinato de Samuel Paty. No conocían a Abdoullakh Anzorov. No le compraron el cuchillo. Lo que sí han hecho, durante más de una década, junto a cientos de predicadores, mezquitas, cátedras y academias, es difundir la idea de que toda crítica a los dogmas del islam es un crimen. No un pecado. Un crimen. Algo que debe ser castigado.

En los informes sobre islamofobia figura un único tema, año tras año: el rechazo al velo islamista

No lo digo yo. “La islamofobia no es una opinión. Es un delito”. Así concluye el manifiesto del CCIF, dedicado a interponer denuncias judiciales. ¿A qué llaman islamofobia? En los informes anuales (676 actos islamófobos, un 3% de ellos con violencia en 2019) figura un único tema, año tras año: el rechazo al velo islamista.

Islamofobia: así lo llaman cuando un reportero español entrevista a dos chicas magrebíes que han decidido quitarse el velo (interpuso queja el año pasado un fundación española subvencionada por el Estado). Ya lo decía la encíclica: “Jamás es lícito pedir libertad de religión sin distinción”. Hablar con una mujer que se declara ex musulmana es islamofobia y por lo tanto delito.

Todo ya puede ser ilamofobia. Una amiga mía, profesora en Francia, confiesa que este año no volverá a utilizar en clase Persépolis, el cómic de Marjane Satrapi. ¿Cómo podría? ¡Critica el velo!

Quienes tuitean en apoyo del CCIF y de BarakaCity (cuyo fundador, Idriss Sihamedi no da la mano a las mujeres), se colocan un icono de una mujer con hiyab en el perfil. Porque de eso se trata: la mujer es la carne de cañón de los islamistas. Un golpe maestro: ¿quién puede criticar a una mujer? Si un “europeo blanco” critica el hiyab, no solo es racista: es machista. Y la izquierda europea, la que se llama feminista, reproduce este discurso sin pudor. Del machismo de los teólogos islamistas que decretan el hiyab como obligatorio, de ese machismo no hablamos nunca. Sería islamofobia.

“Todo lo que suponga prohibición del hiyab o del niqab sería un recorte de los derechos y las libertades de las mujeres musulmanas. No de los hombres, por lo cual es una practica represiva antifemenina. Por qué las mujeres, según los contextos y circunstancias sociales o políticos llevan pañuelo es otra pregunta”. Así lo expresa la antrópologa española Ángeles Ramírez, autora del artículo sobre la “hoja de ruta de la islamofobia” citado arriba, y por supuesto evita responder a esa otra pregunta.

Macron y su gobierno ahora quieren prohibirles a los musulmanes las mujeres vírgenes

Pues se la respondo yo, señora: porque están obligadas. ¿Me entiende? Obligadas. Por su entorno o por su fe. La fe interpretada por los teólogos que usted defiende contra el Estado francés como víctimas de una caza de brujas y cuyas fetuas disculpa matizando que no son sentencias sino únicamente una “opinión legal”. Sí, reléase: “legal”. No sé en qué país vive usted: en los míos, desde Marruecos a Turquía, una fetua es una opinión teológica. Las leyes las hace el Estado.

Pero para usted, los musulmanes, vivan donde vivan, tienen su propia ley. Y el Estado no debe intervenir: no le compite interferir en las leyes con los que los islamistas deciden oprimir a sus mujeres o los profesores de sus hijos. Para eso son suyos.

Y viene el golpe machista definitivo de Macron y su gobierno: ahora quieren prohibirles a los musulmanes las mujeres vírgenes. En concreto, ilegalizar que los médicos en Francia expidan certificados de virginidad. El colmo. “Utilizando el argumento feminista para sostener el enésimo intento de estigmatizar y criminalizar a la población musulmana a través de la relación entre hombres y mujeres”, dice usted.

Que los islamistas estigmatizan y criminalizan las relaciones entre hombres y mujeres será casualidad ¿no? Por qué las mujeres, según los contextos y circunstancias sociales o políticos, quieren ser vírgenes, eso es otra pregunta ¿verdad? ¿Hace falta que se la responda? ¿Quiere ver un mapa de los países donde hasta hoy es delito penal perder la virginidad antes del matrimonio? ¿Quiere ver uno de los países donde las mujeres corren riesgo de morir asesinadas si la pierden?

¿Para qué querrá una musulmana tener libertades? No será para follar ¿verdad?

Pero no: si los hombres musulmanes en Francia necesitan casarse con vírgenes, certificadas en una clínica, no vaya a haber engaño, ¿quiénes somos nosotros para impedírselo? Son así, es su cultura, ¿no? La liberación sexual es un privilegio de blancas y debe seguir siéndolo. ¿Para qué querrá una musulmana tener libertades? No será para follar ¿verdad? Seguro que a las musulmanas les encanta ser vírgenes.

Le voy a contar un secreto, señora: si a las musulmanas les encantara ser vírgenes, no haría falta el certificado. El certificado es porque el futuro marido no se fía de que a las musulmanas les encante ser vírgenes. El certificado es porque el futuro marido no es tan ingenuo como usted y sabe perfectamente que está imponiendo su dogma patriarcal a la fuerza. Sabe que está ejerciendo un control totalitario sobre el cuerpo de su futura mujer y requiere la ayuda del moderno y eficaz sistema de salud francés para evitar que la mujer pueda escapar de su control y buscar la libertad.

Sí: el cuerpo de las mujeres es el campo de batalla sobre el que se libra esta lucha cultural. Porque uno de los dos bandos lo lleva pisoteando desde que dios le entregó las tablas de la ley a Moisés. Y lo que se dirime en esta guerra es su derecho a seguir pisoteándolo de forma impune, imponiéndole velos y certificados, erigido en ley.

Elijan bando. Si se quedan callado, ya han elegido.

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© Ilya U. Topper | Primero publicado en El Confidencial  ·  24 Sept 2020

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