«El paisaje marroquí ha sido colonizado por el velo»

Leila Slimani

Publicado por

Alejandro Luque

@atoluque

Periodista y escritor (Cádiz, 1974). Vive en Sevilla.

Publicado el 20 Sep 2021

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Leila Slimani (2020) | © Francesca Mantovani / Ed. Gallimard


Sevilla | Mayo 2021

Leila Slimani (Rabat, 1981) recuerda que, tres días después de llegar a París procedente de Marruecos, visitó el Café de Flore en el Boulevard Saint Germain. Y que su madre le contó que aquella mujer que aparecía en algunas fotos, Simone de Beauvoir, cuando era niña le había dicho a sus padres: «Yo un día seré escritora». A Leila le pareció fascinante: «Me dije que, si conseguía sentarme en el café y pasar toda una tarde ahí, sería algo en la vida. Lo hice y pensé que la vida era maravillosa y que todo era posible».

De aquel sueño temprano vino una de las trayectorias más brillantes de las letras francesas actuales, con títulos como En el jardín del ogroCanción dulce —premio Goncourt— o la más reciente El país de los otros, todas ellas publicadas en España por Cabaret Voltaire, así como el ensayo Sexo y mentiras. La vida sexual en Marruecos.

En la terraza del hotel sevillano donde se aloja, con vistas a las monumentales setas de la Encarnación, la escritora demuestra tener un discurso coherente y comprometido, al mismo tiempo que reclama su derecho a desentenderse de la actualidad —sobre todo la política— y refugiarse en la literatura como quien habita una burbuja.

 

Con sus primeras dos novelas, usted podía ser una escritora francesa con nombre exótico: todo ocurre en Francia. Pero ya con Sexo y mentiras demostró su compromiso con su país natal, Marruecos, y ahora con “El país de los otros” ¿es la fusión de ambos mundos?

Exacto. “El país de los otros” es una novela sobre el mestizaje. Sobre ser dos cosas a la vez. Ser a la vez francés y marroquí. Y por supuesto, cuando una quiere contar esto, debe contar la colonización, porque la historia de mi familia viene de ahí… sin ella, probablemente no habríamos vivido lo mismo.

Su abuela era francesa en Marruecos, pero casada con un marroquí. ¿Vivía un conflicto de identidad?

«Para una mujer francesa elegir casarse con un musulmán, un africano, era muy, muy raro»

Puede que viviera un conflicto de identidad pero a la vez era muy moderna, muy abierta. No era en absoluto racista. No tenía ningún prejuicio hacia los marroquíes. Cuando llegó a Marruecos quiso de inmediato aprender árabe, conocer la cultura marroquí. Hizo muchos esfuerzos por integrarse, y como se casó con un ‘árabe’, no pertenecía al mundo de los colonos, que vivían entre ellos, entre franceses. Este conflicto de identidad lo ha sufrido mucho más mi abuelo, creo, que mi abuela.

Frente a la creación literaria libre, ¿seguir una historia real es un desafío distinto para un escritor? ¿Se ha sentido usted observada por sus antepasados?

Lo que era difícil era contar el contexto histórico. He consultado muchos documentos sobre la colonización para contar sucesos que tuvieron lugar de verdad, pero luego, la historia, la inspiración de mis abuelos, es en gran parte ficción, imaginación. He partido de esa historia de mis abuelos, pero luego todo lo cuento lo imagino yo, no es verdad. Es una mezcla entre cosas que han sucedido y cosas que he inventado totalmente.

Este tipo de matrimonios mixtos ¿era relativamente frecuento o más bien la excepción?

Era una excepción, realmente, sobre todo cuando la mujer era francesa y el hombre marroquí. Había matrimonios entre hombres franceses y mujeres marroquíes, porque los hombres tenían el poder, podían casarse con marroquíes, pero para una mujer francesa elegir casarse con un musulmán, un africano, era muy, muy raro.

La oposición contra este mestizaje venía más bien del lado francés, colonial, para no ver a “sus” mujeres con “indígenas” ¿no? ¿O había críticas de ambos lados?

Creo que había más oposición del lado francés: la oposición de casarse con un árabe cuando debemos proteger nuestra raza, una raza pura de franceses blancos… Pero creo que luego, en la segunda parte que voy a escribir, en los años sesenta, empezó a haber también críticas por parte de los marroquíes que decían que hay que dejar de casarse con franceses, hay que proteger la raza marroquí, la nacionalidad marroquí. Depende de la época, pero en aquel tiempo era más por parte de los franceses.

Un siglo después, con millones de magrebíes en Francia ¿el mestizaje se ha vuelto normal o sigue habiendo problemas por parte de las familias?

Pienso que está más aceptado que antes, pero sigue siendo difícil. Hablo con muchas, muchas parejas mixtas, e incluso cuando hay amor es difícil vivir con alguien que no tiene la misma cultura que tú, no tiene la misma religión que tú, no tiene los mismos códigos, los mismos valores. Ya casarse en sí es difícil, el amor es difícil, y cuando se añade esto, pues son más dificultades. Sobre todo cuando se tienen hijos: ¿qué nombre ponerles? ¿uno árabe o uno francés? ¿En qué religión educarlos? ¿En el islam o en el catolicismo?

En España parece que hoy día la oposición más fuerte viene del otro lado: una chica nacida en una familia inmigrante musulmana debe absolutamente casarse con un musulmán. ¿Ocurre lo mismo en Francia?

«La chica pertenece a la familia, y la idea de que sea case con un extranjero se lleva muy mal»

Sí. Es cierto que hay una gran diferencia entre chicos y chicas. Porque la religión musulmana la transmite el padre. Si una chica musulmana se casa con un hombre cristiano, los hijos no serán musulmanes. Es muy diferente de lo que ocurre, por ejemplo, con los judíos, entre los que la religión la transmite la madre. A menudo, las familias marroquíes aceptan que un chico se case con una francesa: no pasa nada, porque de todas formas sus hijos serán musulmanes. La chica marroquí, en cambio, se debe casar con un musulmán, un marroquí, es mucho más difícil aceptar que no lo haga. La chica pertenece de cierta manera a la familia, y la idea de que sea case con un extranjero conlleva que se tome libertades, que se convierta en alguien distinto, y esto se lleva muy mal.

Una cuestión religiosa, pero también de sexos ¿no?

Sí, es el patriarcado.

El Gobierno de Emmanuel Macron habla de un “separatismo” islámico en Francia. ¿Es una quimera, una exageración, o es un problema real?

La verdad es que no sé qué proporción tiene este separatismo. No sé cuánto representa, si es muy extendido o no. Se habla mucho en Francia del tema, pero nadie da cifras. Es difícil saber si eso representa a barrios enteros, a ciudades… Existe, eso seguro, pero no sé en qué medida. Hay gente en Francia que quiere vivir separada de los demás, que quieren aplicar el islam como si vivieran en un país islámico, pero no sé qué dimensión tiene esto.

El punto más polémico de este debate fue la ley contra los certificados de virginidad. Se ha dicho que esta ley estigmatiza a las mujeres musulmanas, pero ¿no son más bien los certificados los que las estigmatizan?

Yo estaba en contra de esta ley por un motivo muy sencillo: porque si se prohíben los certificados de virginidad ¿qué harán los padres? En lugar de llevar a la hija a un médico de verdad que va a examinarlas, que puede hablar con ellas y decirles que esto no es normal, que eso no hay que hacerlo, las van a llevar a cualquiera que les haga un certificado falso o no legal. Creo que es fundamental proteger a las mujeres y para eso deben poder acudir a un médico de verdad que al menos puede tener una discusión con ellas y explicarles que esto no se hace y que es peligroso. Porque si no, la gente lo hará de forma clandestina.

Hablando de sexo… En 2017 usted publicó la novela gráfica Palabra de honor, dedicada a la libertad sexual de las mujeres en Marruecos. ¿Es una obra educativa?

«Hasta en los ambientes más humildes, las mujeres aspiraban a la misma libertad que yo y las demás»

Sí, desde luego. Creo que muchos marroquíes no tienen consciencia de las consecuencias de las leyes que siguen. Piensan que las cosas son así, que es su cultura, su tradición, pero no se plantean qué consecuencia tiene para la vida de las mujeres. Se trata de educar sobre todo a la joven generación, explicarles que tienen derecho a decir que eso no está bien, que crea muchos sufrimientos y de injusticias y de desigualdad. Que muchas mujeres no pueden abortar, que se encuentran solas porque han perdido la virginidad. Y que todo esto no es normal y que también se tiene el derecho de querer cambiar el país, cambiar la ley, sin que por eso uno sea mal marroquí. Sino que simplemente uno aspira a más libertad que la que tuvieron sus padres.

¿Y cuál fue la reacción en Marruecos?

Las reacciones fueron francamente buenas. Porque la gente vive esto de forma cotidiana y Marruecos hoy es un país moderno, la gente tiene ganas de vivir como aquí, las mujeres salen, trabajan, se ocupan de los hijos… y a las jóvenes les parece injusto: si ellos tienen los mismos deberes que los hombres ¿por qué no tienen los mismos derechos? Se sienten estigmatizadas. También muchos padres hoy ven que sus hijas estudian, son serias, responsables… y que su vida es más dura que la de los chicos. Incluso muchos hombres se dan cuenta de que es muy injusto ver que se trate así a las mujeres, cuando ellas se comprometen tanto con la sociedad marroquí.

No hubo escándalo, pues.

No hubo mucho escándalo, no. Porque también en los partidos muy conservadores, incluso en el partido islamista —aunque hay quien dice que estas leyes no se pueden cambiar jamás, que las cosas son así— aceptan el debate, aceptan que se hable del tema. No están de acuerdo, pero por lo menos se habla de ello.

Cuando usted se documentó para el ensayo Sexo y mentiras (2017), ¿se encontró con un Marruecos más libre de lo que se esperaba o más represivo?

Una mezcla de ambas cosas. Por una parte lo encontraba más libre. Cuando las mujeres me contaban su vida me di cuenta de que hasta en los ambientes más humildes, las mujeres aspiraban a la misma libertad que yo y todas las demás mujeres que conozco, que la gente por supuesto sale a la calle, tiene relaciones sexuales, vive su vida… Y al mismo tiempo es también más conservador, porque mucha gente acepta la hipocresía, le parece normal mentir. Vale, tú haces lo que quieras, pero no lo cuentes por ahí, no está bien que se sepa. No es que me parezca muy conservador, pero sí muy hipócrita.

Usted se crió en Marruecos. Desde su juventud ¿la sociedad marroquí se ha ido liberando más o se ha encerrado más en sus tabúes?

«En la práctica hay más libertad sexual que antes, pero al mismo tiempo, la gente es más puritana»

Lo que ha ocurrido es que en la práctica hay más libertad sexual que antes. La gente sale más, se encuentran, ahora tienen un montón de aplicaciones para encontrarse, Facebook, todo eso, y tienen más ocio. Eso ha cambiado mucho las cosas. Pero al mismo tiempo, la gente es más puritana, el estado mental es más conservador que antes, la religión está ahí todo el rato, todo el rato, todo el rato, todo el rato. En la generación de mis padres, en los años sesenta, setenta, la gente era más libre, hacían lo que querían. Si no querías hacer el ramadán, no lo hacías. Si querías vivir con tu novio o novia, podías hacerlo. Hoy son más puritanos.

El islamismo ha avanzado ¿no?

Si, por supuesto. Cuando yo era pequeña, por ejemplo, no conocía a mujeres veladas. No las había visto nunca. Hoy, la mayoría de las mujeres en Marruecos están veladas. Tampoco es que todas las veladas son iguales, no necesariamente quiere decir que sean islamistas. Pero el funcionamiento de la sociedad es más conservador.

La última vez que fui a Asila fue la primera vez que vi un niqab en Marruecos…

Ah, sí, aunque ahora está prohibido. Marruecos lo ha prohibido. Llevar niqab ahora te lleva directamente a prisión.

Una periodista marroquí, Sanaa El Aji, dice que el velo colonizó Marruecos en los años ochenta. ¿Está usted de acuerdo?

Totalmente de acuerdo. A partir de los años 80, con al influencia de los Hermanos Musulmanes de Argelia y poco después con la televisión de los Emiratos, toda la influencia egipcia… y la revolución de Irán también, ha llegado ese islam político, que es un islam propalestino de resistencia a Occidente, a l imperialismo occidental y todo, que se ha desarrollado mucho y se ha convertido en un marcador de identidad. Es una manera de decir: Miren, eso soy yo. Soy marroquí, soy musulmán. Eso no quiere decir necesariamente que uno sea conservador, duro, extremista. Pero es verdad que el paisaje marroquí ha sido colonizado por la presencia del velo, eso es cierto.

¿’Colonizar’ es la palabra correcta? ¿Se puede comparar la influencia wahabí saudí con la presencia europea en el Magreb?

«El wahabismo hace una diplomacia del islamismo, para imponer su visión del islam en los países musulmanes»

Me parece interesante utilizar la palabra colonización, y al final, Sanaa tiene razón, porque al fin y al cabo la colonización, si se compara con la francesa, es un proceso de imponer valores. Se dice: Mis valores son mejores que los tuyos. Y de cierta manera es justo lo que hacen el wahabismo y todos esos países, hacen una diplomacia del islamismo, para imponer su visión del islam en todos los países árabes o musulmanes. Cuando se observa el verdadero islam marroquí, el de mis abuelos, era un islam muy abierto, muy tolerante, espiritual, en el que no existía en absoluto esa visión horrible de la mujer, esta visión sin cultura, porque el islam de ellos es un islam sin cultura, sin alma, sin corazón. Y el islam no es eso para nada.

Pero con dinero.

Eso sí [ríe amarga]. Sobre todo tienen dinero, pero cultura no tanta.

¿Cree que los gobiernos europeos tienen la responsabilidad de no haber frenado la expansión del wahabismo en Europa, o incluso de haberla facilitado?

Francamente, de eso no sé nada. Lo que sé es que entre la población musulmana en Europa hay un gran malestar: no saben quiénes son, cuál es su lugar en la sociedad, y así son frágiles ante quienes quieren convencerlos: A a ustedes los odian ¿ven? Debéis convertiros en buenos musulmanes, nosotros os comprendemos, nosotros os queremos. No sé si llamarlo responsabilidad, pero creo que hay que plantearse la cuestión qué se puede hacer hoy con una población inmigrante, que vive en Europa desde hace dos o tres generaciones ya, ¿qué ha pasado para que no encuentre su lugar, para que no se sienta en casa en Europa, hasta el punto de escuchar el discurso de personajes que no tienen nada que ver con ellos?

Al teólogo Tariq Ramadan lo han descrito en Europa como portavoz de un “islam moderno, moderado”. ¿Qué opina al respecto?

Está ahora en prisión, creo, por acusaciones de violación. Pero de todas formas es el peor, porque con esa forma de hablar tan dulce, tan calma, pone cara de ser tolerante, de ser abierto… y si uno mira qué hay detrás es el islamismo político de la peor especie. Eso muestra que hay que desconfiar mucho de la gente que habla bien y es muy convincente; lamentablemente les funciona.

Los atentados de los últimos años en Francia ¿han despertado a la sociedad para plantearse qué está pasando o han polarizado a todos hasta el punto de impedir un debate de verdad?

«Estoy cansada de la falta de inteligencia, de la falta de respeto. Reclamo el derecho a la indiferencia»

Es verdad que podríamos haber tenido un debate mucho más profundo, pero al mismo tiempo, la gente está tan chocada, es tan violento, que es difícil tener un debate en estas condiciones. Quizás hagan falta años para comenzar a comprender de dónde viene todo eso y cómo la sociedad ha podido producir a gente de este tipo. Porque en los primeros atentados, como el de Charlie Hebdo, —no en los últimos— son franceses quienes han cometido esos atentados, jóvenes que han crecido en París o en Provence, y la gente está completamente boquiabierta: cómo es posible que chicos que han crecido en Francia tienen un día ganas de ir a matar a gente en un concierto. Hay algo allí que no se entiende, es muy difícil comprender qué pasa en la mente de estas personas. Pero hay buenos libros, hay buenos análisis sobre este fenómeno, pese a todo, hay que gente que hace su trabajo y lo hace bien.

Un amigo de París, militante izquierdista, está muy decepcionado con Jean-Luc Mélénchon: lo acusa de no defender el laicismo y de acercarse a las ideas identitarias islamistas. ¿Lo entiende?

Yo he quedado decepcionada con Mélénchon cuando se negó a pedir el voto contra Marine Le Pen. A partir de ahí yo estaba decepcionada. Claro que tiene derecho a defender sus ideas y sus ideales, pero frente a la Agrupación Nacional [ex Frente Nacional] creo que hay que estar muy firme y pedir a la gente votar en contra; él no quiso hacerlo y a partir de ahí para mí era una ruptura.

Frente Nacional y Marine Le Pen… o Indígenas de la República y Houria Bouteldja ¿quién nos debería dar más miedo?

Francamente, no lo sé. Vivo en una burbuja, escribo mis libros, leo libros, leo poesía, doy paseos, no estoy en las redes sociales, leo muy poco la prensa… Estoy cansada de todo eso, cansada de la falta de inteligencia, de la falta de respeto a la gente. Reclamo el derecho a la indiferencia. Ahora, por un momento, descanso. Tengo ganas de estar fuera, sí.

Tras los atentados de Charlie Hebdo hubo quien dijo: No hay que matar, pero tampoco hay que provocar (lo dijo hasta el Papa Francisco). No provocar ¿una solución o una manera de entregar la victoria a los intolerantes?

Yo creo que hay que defender el derecho de provocar, la libertad de la prensa la hay que defender absolutamente, la libertad de expresión, con límites que son el racismo y la incitación al odio, tampoco se pueden cometer ilegalidades, pero… me parece que provocar está muy bien, en la vida necesitamos provocación. Y por lo demás me parece que hoy días los artistas, los escritores, los actores… ya no hay ninguna figura provocadora, todo el mundo es amable, todo el mundo es soso, todo el mundo es feminista, ecologista, antirracista… ¡aburrimos y nos aburrimos! Todo el mundo tiene miedo a criticar lo que sea, a hacer un comentario equivocado en las redes sociales, todo el mundo debe ser perfecto, soso, eso me cansa.

El asesinato de Samuel Paty era un choque. ¿Un caso aislado o un síntoma de un gran problema en el sistema educativo?

«Un profesor ahora no tendrá ganas de hacer un curso sobre libertad de expresión, y eso es terrible»

Yo creo que ambas cosas. Me parece que en ciertos colegios hay una auténtica dificultad de hablar de determinados temas, pero pese a todo, el pobre Samuel Paty, que es realmente una tragedia terrible, es víctima de algo anormal, de haber tropezado con un loco que lo ha matado, y eso lo podría haber pasado a cualquiera, porque hubo una incitación de gente en Facebook… y eso muestra evidentemente que los profesores tienen motivo de tener miedo, un profesor ahora no tendrá ganas de hacer un curso sobre libertad de expresión, de hablar de caricaturas, y eso es terrible; supongo que ahora, muchos profesores en Francia tienen miedo.

La izquierda en España parece haber renunciado a los ideales universales, ahora todo es buscar identidades regionales, sexuales, religiosas… y ya casi nadie habla de laicismo. ¿Es distinto en Francia?

Sí, creo que los franceses están muy apegados a su modelo de laicismo, que es casi único en el mundo, porque Francia tiene una definición particular de laicismo, y los franceses, de todas las religiones, por cierto, están muy comprometidos con este laicismo porque son conscientes de que los protege y que permite también defender el universalismo. Es decir: en primer lugar somos todos ciudadanos franceses, y luego la religión es un problema distinto, privado, íntimo, no hace falta hablar de ella, ni hacer preguntas al respecto. Creo que el laicismo es una gran riqueza de Francia.

Hace unas generaciones, ser laico era automáticamente ser de izquierdas, ahora a veces parece que es más bien de derechas; pasa eso en Francia?

¿Quiere decir que entre los jóvenes está de moda ser de derechas? Tal vez sí, lamentablemente. En todo caso, en Francia —no sé cómo es en España—, la izquierda está perdida completamente, ya no consigue el relevo de las jóvenes generaciones, es terrible, hablo mucho de eso con mi marido: es terrible tener 18 años y ser de derechas. A los 18 años a lo que se debe aspirar es a que todo el mundo sea legal, que los pobres puedan sostenerse, recibir ayudas, que los ricos contribuyan a la convivencia, una sociedad mejor… Es difícil, claro. Por otra parte, tengo la sensación de que las jóvenes generaciones, no sé si son de derechas pero tienen una visión nueva del mundo, son más comprometidos, más ecologistas, más tolerantes también, menos racistas, menos homófobos que las generaciones anteriores, hay jóvenes muy comprometidas con causas bellas. No hay que ser demasiado pesimista tampoco.

¿Qué responde usted a la acusación de que el laicismo es una forma de colonización occidental que no se debe exportar a otros países o ni siquiera imponer a colectivos inmigrados?

«En Marruecos hay también muchos escritores arabófonos, solo que nosotros no los conocemos»

A quienes digan eso les respondo que se vayan a vivir a un país con una religión de Estado y se darán cuenta de lo que significa.

Desde 2017, usted es representante del presidente francés del Consejo de la Francofonía. ¿Qué significa para usted? ¿Una lengua, una cultura?

Para mí es una idea. Un espacio común, la defensa de la diversidad, del multilingüismo, el hecho de que personas muy distintas podamos compartir nuestras diferencias en la misma lengua. Reír juntos, leer juntos, compartir conocimientos científicos, culturales. Veo la francofonía como una idea del universalismo y del humanismo.

Marruecos es parte de la francofonía, con grandes autores francófonos, desde Driss Chraibi en 1956 hasta usted misma ahora… pero ¿qué significa para un país que sus escritores más famososos escriban en un idioma que no es la lengua materna de este pueblo?

En Marruecos hay, de hecho, también muchos escritores arabófonos, solo que nosotros no los conocemos, porque hay un gran problema de traducción del árabe, no hay muchos traductores, desafortunadamente, y las editoriales no compran tantos libros en árabe, pero los autores marroquíes arabófonos son muy conocidos en el mundo árabe.

¿Qué escritores marroquíes nos recomendaría?

Hay dos escritoras que me gustan bastante, no son antiguas, una se llama Abigail Assor, que ha publicado un libro con Gallimard, y la otra es Meriem Alaoui, en la misma editorial.

¿Cuál cree es la razón por la que tantos autores marroquíes eligen escribir en francés y no en árabe?

¡Pero si hay muchos que escriben en árabe! Solo soy yo, porque mi lengua materna es la francesa.

También Assor y Alaoui eligieron el francés. ¿Puede ser un motivo que el árabe estándar, el que se escribe, no es tampoco su idioma materno?

Ah, cierto. Ese es el gran problema no solo de Marruecos sino de muchos países árabes. La lengua que se habla en la calle no es la misma que la que se escribe. Ahora hay un gran debate sobre eso en Marruecos: ¿hay que enseñar el dáriya en el colegio? ¿se debe encontrar una manera de escribirlo, para que la gente pueda hablar y escribir en dáriya? Hay ahora un movimiento así, sobre todo en las redes sociales, internet ha permitido escribir en dáriya en la música, en el cómic… Hay todo un movimiento que lo defiende; hay gente que ha empezado a escribir literatura en dáriya, y creo que irá a más. Es superinteresante desde el punto de vista artístico.

¿Y cómo cree que habría que estandarizar el dáriya? ¿Qué habría que tener en cuenta o qué habría que evitar?

«Es importante tener un reconocimiento de la lengua que  hablamos, que es la nuestra, el dáriya marroquí»

Creo que está bien que la gente conserve el árabe clásico: es una lengua magnífica, una lengua muy rica con un patrimonio cultural muy importante, es maravilloso que los niños marroquíes puedan acceder a la literatura egipcia, a la la gran poesía de la cultura arabomusulmana, es una suerte dominar el árabe clásico, pero creo que a la vez es importante, políticamente y democráticamente, que podamos tener un reconocimiento de la lengua que nosotros hablamos, que es la nuestra, el dáriya marroquí. Hay que encontrar un equilibrio entre los dos.

¿Es usted optimista de que se conseguirá?

Sí, creo que sí, no sé cómo, pero creo que sí.

Usted no habla bereber ¿verdad?

No, no lo hablo. Pero Marruecos es, que yo sepa, el único país que ha reconocido el bereber en su Constitución como lengua oficial, y en las grandes regiones bereberes se enseña el tamazigh y el tifinagh en todos los colegios. Eso es muy importante, es nuestro patrimonio, es una lengua muy, muy antigua y muy rica; me parece magnífico poder conservar toda una tradición oral, de cuentos, historias, canciones. Por supuesto hay que protegerla.

Cuando Macron llegó al Gobierno, hablé con varios escritores franceses, y todos parecían enamorados de él: Emmanuel Carrère, Pierre Assouline, Philippe Claudel… todos decían que era un gran lector, un hombre culto… ¿Lo comparte?

No sé. Quizás la gente estaba decepcionada con la política cultural. Y es verdad que a Macron le gusta mucho leer, eso seguro. Pero hay una diferencia entre lo que uno es la vida personal y las políticas que lleva a cabo. Luego en la política no veo que haya hecho gran cosa para la cultura.

La novela de usted que más me ha gustado es El jardín del ogro. ¿Cómo reaccionó el público a una obra que habla tan abiertamente de la sexualidad femenina?

La gente estaba muy sorprendida por esta novela, por sus personajes, que no son muy amables. La mujer es un poco particular, no es un personaje de mujer dulce, atractiva. Por eso creo que la reacción principal era de sorpresa. También hubo asombro respecto a que una mujer pueda tener tanta pulsión sexual.

También he pensado en la Belle de Jour de Joseph Kessel y en la dificultad de expresar una sexualidad femenina sin asociarla a la prostitución o la locura.

«Las mujeres estamos educadas, condicionadas para sacrificarnos, para olvidarnos de nosotras»

Exacto. Esa era de hecho la dificultad del libro: encontrar el equilibrio para no convertir el personaje en un monstruo de feria o una prostituta o algo así. Es una mujer totalmente normal, integrada, pero que tiene sus secretos.

¿Qué significa para usted la familia, frente al egoísmo de vivir por cuenta de uno mismo?

La familia es a la vez un refugio, algo que nos protege, donde nos sentimos bien… pero hay que tener cuidado que no se convierta en una prisión. Y para las mujeres puede serlo, porque estamos educadas, condicionadas para sacrificarnos, para olvidarnos completamente de nosotras, a estar ahí para los demás. Lo que deseamos nosotras no cuenta. Yo le doy mucha importancia a la familia, estoy muy feliz de haber creado una familia que quiero y que me quiere, pero reivindico mi derecho a seguir siendo un individuo, a mantener cierto egoísmo.

¿Sus hijas ya ha empezado a leer sus novelas?

No [ríe], todavía no, son aún muy pequeñas.

Para terminar: ¿cómo es la vida de Leila Slimani un día normal de París?

Me levanto, llevo a mis hijas al colegio, vuelvo a casa y me pongo a escribir hasta las siete de la tarde. No hago nada más… [ríe].

Cuánta disciplina…

Pues, sí, mucha disciplina [ríe].

¿Tiene amigos en el mundillo literario? Aparte de Abdella Taïa

Sí, Abdella Taïa es un gran amigo mío. También Jean-Baptiste Del Amo, también traducido en Cabaret Voltaire.

Y tras tantos galardones, incluido el premio Goncourt, ¿tiene alguna ambición literaria concreta?

No, simplemente quiero seguir disfrutando de escribir y disfrutando de leer. Eso es todo lo que me interesa.
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