Nieve sucia

 
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Igort
Cuadernos rusos

Género: Cómic
Editorial: Salamandra
Páginas: 184
ISBN: 978-84-16131-07-5
Precio: 25 €
Año: 2011 (2014 en España)
Idioma original: italiano.
Título original: Quaderni russi
Traductora: Regina López Muñoz

La gran mayoría de los conflictos que han inundado de sangre las portadas de los periódicos durante las últimas décadas, desde los Balcanes a Gaza, pasando por Ruanda o Iraq, hunden sus raíces en un pasado muy remoto. Sin embargo, localizar y definir el germen de la discordia no siempre nos da las claves para comprender una guerra en su abrumadora complejidad.

Tal vez por ello el dibujante sardo Igort Tuveri, al proyectar su mirada sobre Chechenia en estos Cuadernos rusos, dedica varias páginas a explicar que el asunto venía de lejos, pero sobre todo hace hincapié en los factores que lo alentaron.

Concebido como un homenaje a Anna Politkóvskaya, la periodista de la Nóvaya Gazeta asesinada en Moscú en 2006, este cómic tiene mucho de trabajo periodístico a lo Joe Sacco. Pero, a diferencia de un trabajo similar, como es Anna Politkovskaja, de los también italianos Francesco Matteuzzi y Elisabetta Benfatto (Becco Giallo, 2010), abre el foco a través de testimonios de soldados y víctimas civiles de todo tipo de vulneraciones de los Derechos Humanos, entrevista a Galia Ackerman, traductora al francés de los libros de Anna, y se apoya en los más diversos documentos para componer una suerte de mosaico atroz de lo que supusieron aquellos choques (1994-1996 y 1999-2009) entre los guerrilleros separatistas chechenos y el ejército ruso.

En Chechenia se dieron todas las condiciones para la abolición progresiva de los prejuicios morales y los códigos de honor

Valiéndose de diversas técnicas altamente efectivas, desde el dibujo realista al borrón casi expresionista, Igort no escatima horrores al lector. La de Chechenia fue una de las guerras más sucias y crueles de finales de siglo XX, y sus prácticas habituales son narradas de forma desnuda, sin atisbo de retórica. Así, llegamos a preguntarnos cómo se pudo llegar a aquellas espeluznantes fosas excavadas en la tierra a modo de celda, instituir como costumbre los “pasillos humanos” en los que se golpeaba y acuchillaba a los detenidos, o las habituales zachistka u “operaciones de limpieza”.

En un momento de este álbum se habla de adicción a la violencia en el seno de las tropas. En efecto, en Chechenia se dieron todas las condiciones para la abolición progresiva de los prejuicios morales y los códigos de honor, hasta convertir a los contendientes en máquinas de matar y torturar sin el menor asomo de humanidad. Y hasta el fin del conflicto, todo pareció ir a más. No obstante, el autor nos evita el error de pensar en un proceso “natural” de degradación: había intereses.

El adagio de que es necesario que la guerra dure para que llegue a ser un buen negocio se cumplió en el Cáucaso Norte

No nos referimos solo a los intereses petroleros y estratégicos que Moscú tuvo siempre en Chechenia. El viejo adagio que asegura que es necesario que la guerra dure para que llegue a ser un buen negocio se cumplió a la perfección en el Cáucaso Norte. Como recuerdan estas viñetas, durante aquellos años hicieron negocio los cobradores de sobornos de los puestos de control, los secuestradores y hasta los asesinos que cobraban por devolver los cadáveres a sus familiares, los traficantes de armas y los que se dedicaban a refinar petróleo clandestinamente, por no hablar de los encargados de gestionar la reconstrucción de ciudades enteras machacadas por la artillería…

Muchos de los que trataron de explicar estos hechos, como Politkóvskaya, Stanislav Markélov, Anastasia Baburova o Litvinenko, el ex agente secreto ruso envenenado con polonio, pagaron con su vida el atrevimiento. Pero unos y otros lograron que la opinión pública mundial viera como Rusia dejaba caer su máscara democrática para mostrar el rostro de una dictadura feroz. ¿Sirvió de algo? A juzgar por lo visto desde entonces, más bien no. De hecho, la guerra o las guerras de Chechenia van perdiéndose lentamente para la memoria europea, como una suerte de asunto privado entre vecinos lejanos, que no nos concierne.

El trabajo de Igort viene a refrescarnos la memoria y nos impide mirar para otro lado. Al mismo tiempo, alerta de la posibilidad de que algo parecido pueda ocurrir de nuevo en otros frentes actuales, como el de Ucrania: un territorio, por cierto, del que el autor se ocupó en sus Quaderni ucrani, publicados en España por Sins Sentido en 2011. Pone de manifiesto que muchos criminales de guerra no han respondido de sus actos ante ningún tribunal, y plasma el dolor indecible, incurable, de los civiles inocentes. Los grandes perdedores de aquel juego, los grandes perdedores de la Historia.

 
 

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Acerca del autor

Alejandro Luque

@atoluque

Periodista y escritor (Cádiz, 1974). Vive en Sevilla.
Tras trabajar en la...

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