De la celestina a internet

 

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Los caminos se cruzan para sellar una unión. Un encuentro, un maktub (destino), programado por Dios: “La gente se casa en el cielo, antes de nacer”. Sí, pero ¿dónde encontrar este destino entre más de 30 millones de marroquíes, entre los miles de millones de habitantes del planeta?

Según el islam, casarse es una obligación, una buena obra, un baluarte contra la fornicación. Cada sociedad, cada época fija la franja de edad del primer matrimonio. A las chicas se las casaba en la infancia o al principio de la adolescencia. A los chicos, al final de la adolescencia.

La unión podía programarse cuando los interesados no habían sido aún concebidos o cuando eran fetos o bebés. “Cuando mi padre se casó, mi padre le dijo que las hijas que tuviera mi madre se casarían con los hijos de mis tíos”. A las mujeres se las encerraba y los matrimonios se hacían, sobre todo, entre primos y vecinos.

Las empleadas del hammam sabían en qué hogar había chicas casaderas y las veían desnudas

En la ciudad, las mujeres solo salían para ir al hammam. ¡Cuántas parejas se han formado a partir de ese templo de la higiene y la belleza! A las chicas las espiaban las clientas y el personal del baño, las tayabat, que guardaban los secretos de las familias. Ellas eran las celestinas, porque sabían en qué hogar había chicas en edad de casarse; ellas escudriñaban el cuerpo desnudo de las candidatas, su pelo, observaban su comportamiento… Las madres les confiaban la tarea de elegir novia para sus hijos y maridos para sus hijas.

Cuando las chicas tenían la posibilidad de salir, nació una nueva fórmula: “Los hombres les hacían la prueba a las chicas en la calle diciéndoles piropos. Si la chica bajaba la cabeza y salía corriendo, el hombre podía ir a pedir su mano. Si ella le respondía, eso quería decir que era de costumbres ligeras. La petición de mano se podía hacer entre desconocidos. “Algunas mujeres de la familia del pretendiente se presentaban en el domicilio de la candidata y decían que eran invitadas de Dios. Se las recibía bien y se podía llegar a acordar el matrimonio”.

La jattaba

Las jattaba , o celestinas, eran mujeres de edad, divorciadas o viudas, que podían salir a la calle sin atraer las miradas de los hombres. Gozaban de buena reputación y eran dignas de confianza. Pasaban de casa en casa y desempeñaban el papel de dalala: “Ellas nos ofrecían caftanes, tejidos y joyas que otras mujeres les habían entregado para venderlos”. También llevaban noticias de matrimonios, nacimientos, fallecimientos… Transmitían, verbalmente, invitaciones. Disponían de un repertorio y una base de datos: “Ellas sabían qué familias tenían chicas o chicos para casar y proponían pretendientes, teniendo en cuenta los criterios de las familias”. Hacían esas propuestas a las madres, de forma espontánea o cuando se lo demandaban.

Su retribución dependía de los medios de cada familia: dádivas en especie, ropa, babuchas, un poco de dinero… Cuando proporcionar un buen partido, la retribución eran acorde.

“Con las chicas de los cafés no se puede casar uno; se citan con muchos hombres”

El mismo rol ejercían también las negafat (modistas de la novia), porque pasaban de hogar en hogar y podían relatar los méritos de esta o aquella familia, y la belleza y sensualidad de sus hijas o la formalidad de sus hijos.

Las costumbres han cambiado. Los jóvenes buscan una pareja a su gusto y no al gusto de sus madres. Es más fácil con la mezcla de sexos, como se da en las universidades, los lugares de trabajo y el espacio público: restaurantes, cafés, salas de baile… Pero muchos hombres tienen sus reservas. Alí, 34 años: “Con las chicas de los cafés no se puede casar uno; se citan con muchos hombres. Yo me niego a ser parte de una colección. ¡Yo quiero una chica pura!”.

Pero pese a la mezcla de sexos y a la libertad adquirida por las mujeres, encontrar el alma gemela supone un problema. En la era de la comunicación, es difícil que se formen las parejas. Rashida: “Encontramos muchos hombres, pero ¿dónde encontrar uno que valga la pena? A menudo solo quieren divertirse”. Se retrasa la edad del primer matrimonio, por lo que muchas chicas se desesperan: 27,2 años para ellas y 31,8 años para los hombres.

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Acerca del autor

Soumaya Naamane Guessous
Socióloga. Vive en Casablanca, donde trabaja en la Universidad Hassan II.
Doctorada en París, Naamane Guessous...

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