Las cuevas del sexo

Publicado por

Soumaya Naamane Guessous

Publicado el 27 Avr 2018

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opinion

Casablanca | 2001

 

Imouzzer. La Kasba. Llueve. ¿Una lluvia piadosa? ¡No! La piedad no pasó nunca por aquí. Abandonó esta región cediéndole el sitio a la miseria y la vergüenza, grabadas en la sólida roca de una montaña del Medio Atlas, un Medio Atlas perforado de cuevas, decenas de cuevas que sirven de refugio a los parias de la sociedad, a mujeres reducidas a deshechos humanos.

Las cuevas están ocupadas por viudas, mujeres de las cavernas, resignadas a su suerte, mujeres que agradecen a Dios haberles proporcionado ese techo “tan barato”. Estamos en el tercer milenio, pero este colectivo vive aún en la era de las cavernas. Hace frío, cuatro grados; en invierno la temperatura desciende hasta los 10 grados bajo cero. La nieve cubre la montaña taponando las improvisadas puertas de las cuevas. Me aproximo a una de las grutas. “Entra hija mía, ven a calentarte un poco”. Una mujer de más de 70 años me da la bienvenida con ese calor de los pobres, me hace sentarme sobre la piel de un cordero y me ofrece un té. Ella enviudó hace ya tanto tiempo que ni sabe decírmelo en años. Aquí el tiempo no se cuenta en días o años, se cuenta en los surcos que su paso deja en las almas; es la profundidad de esas heridas abiertas por la precariedad lo que lo determina.

Fadma se sienta en la oscuridad e hila la lana que otras mujeres le llevan

Una cueva de 3 por 2,5 metros: no hay ventilación, no hay luz, no hay rayo de sol alguno. Fadma se sienta en la oscuridad e hila la lana que otras mujeres le llevan. De este trabajo vive: obtiene unos 50 dirham (5 euros) a la semana.Cuando nieva, el reumatismo le impide hacer su trabajo. Entonces sobrevive con la gracia de Dios y restos de comida que le regalan sus vecinas. Aquí, a pesar de la miseria hay también solidaridad entre las mujeres, entre viudas. Es la montaña de las viudas solidarias entre ellas.

El objeto de mi visita es bastante particular. Investigo la prostitución. La región es conocida por su floreciente mercado de prostitución. Esta región comunica el Medio Atlas con la capital y las ciudades costeras. También es un paso entre el Tafilalet y el oeste, a través de el cual se ejercía un próspero comercio entre las ciudades subsaharianas y las urbes imperiales. Las caravanas acampaban en estos pueblos para descansar, avituallarse y también para satisfacer sus apetitos sexuales. Además, esta región es una de las más húmedas del reino, célebre por su vegetación, abundancia de fuentes y lagos, su clima sano y su famoso bosque de cedros, de manera que ha atraído siempre a muchos turistas nacionales deseosos de purificar sus pulmones, además de buscar placeres sexuales o una vía de escape para sus numerosas frustraciones.

Una región llena de cuarteles militares con soldados dispuestos a pagar por sueños y ternura

Estamos en el corazón de la prostitución. ¿Cómo podría ser de otra manera en una región que ha entregado a sus hombres al ejército y ha dejado a sus mujeres solas frente a las dificultades de la vida? Una región llena de cuarteles militares con soldados lejos de sus esposas y dispuestos a pagar por sueños y ternura, una región donde no existe ninguna posibilidad de encontrar trabajo, ninguna industria, ninguna producción, ninguna esperanza de obtener un contrato si no es en la agricultura, y esta es muy arcaica. Pequeñas parcelas mal equipadas donde el agua es cada vez más escasa. A día de hoy, se desarrollan plantaciones de peras y manzanas pero solo pueden ofrecer trabajo tres meses al año a unos pocos afortunados. ¿Cómo vivir de esto todo el año?

Esta miseria contrasta con los enormes edificios construidos en la época colonial y recuperados por gente rica de Fes, Meknés, Rabat y Casablanca. Se han construido nuevas villas y centros de vacaciones, un lujo arrogante que se burla despiadadamente de la pobreza! Y que contraste con Ifrane, una ciudad perfecta y lujosa donde las fortunas de Marruecos muestran sus riquezas. ¡Palacios y suntuosas mansiones abiertas solo un mes al año!

En esta montaña también han construido casas aquellos a los que la suerte les ha sonreído. La sonrisa aquí viene de manos del sexo. Hace cinco años, durante mi última visita, las puertas de las casas y cuevas estaban abiertas de par en par, las calles llenas de mujeres y chiquillas excesivamente maquilladas y ligeras de ropa, riendo a carcajadas y atrayendo, agarrando del brazo a los numerosos hombres que deambulaban por ese gran mercado de carne humana. Los hombres salían de las casas o cuevas, saciados, los ojos brillantes de felicidad, contentos y saciados de cuerpos cuyos favores habían comprado.

Hoy muchas de esas puertas están cerradas, algunas entreabiertas, otras cerradas. Las ventanas están abiertas, algunas protegidas por una tosca reja. Cuando nos acercamos percibimos una cara de mujer bien maquillada, discretamente al acecho, mostrando una sonrisa, una invitación…

La situación ha cambiado. Son tiempos de discreción. Le pregunto a Fadma si todavía hay chicas: “No, hija mía, eso se terminó, desde que prendieron a Bou Laouhouch, el Majzén ha prohibido las chicas. Las mujeres han sufrido mucho, ahora no tienen de qué vivir. El Majzén ha echado a las viudas y ahora, aquí viven familias”. Es cierto que hay familias, pero son sobre todo los hijos de esas viudas-madame, que se casaron y fundaron familias. Bou Laouhouche era un bandido que aterrorizó la región con su banda de forajidos hace tres años. Después de su arresto, las autoridades quisieron sanear la región y prohibieron la prostitución. Noble labor, cuando sabemos que la región vive principalmente de esto y que las autoridades locales no hicieron nada para crear empleo y dar a la población la posibilidad de sobrevivir decentemente.

“Toma, hija mía, bebe el té caliente y que dios te guarde”: la pobre me ha tomado por una chica a la búsqueda de una madame, esas mujeres que alojan a las prostitutas. “Búscate un trabajo mejor con el que vivir, hija mía, esta vida no es buena, mírame a mi, ¿qué puedes ganar? Que Dios te guarde”. Fadma me mira con compasión y me invita a abandonar su cueva: Ahora debes irte. Yo soy vieja, si el Majzén pasase por aquí, se nos llevarían a las dos. Vuelve a casa de tus padres, ten cuidado de no quedarte embarazada, las chicas de hoy en día sois muy malas, no te dejes atrapar por un embarazo. Te costaría buscarte la vida. Si tu vientre te traiciona, vivirás en la miseria toda tu vida. Vete, hija mía, que Dios te guarde”. Abro mi monedero para darle algo de dinero. Muy digna, Fadma me dice: “Solo lo suficiente para comprar un pan para hoy. Todavía tengo azúcar y té para dos días”. Dejo la gruta y me dirijo hacia otra más abajo, acompañada de la voz de Fadma que está rogando a Dios que me salve de ese vil trabajo. “Alá ya’fou lik”.

« Mi cueva está mal situada y cuando llueve, las alfombras donde dormimos se mojan »

Una cueva. Una mujer intentando poner un plástico para tapar su puerta. “¿Te puedo ayudar en algo?” “Sí, hermana, tú me ayudas ahora y mañana ¿quién me ayudará? Hay que mantener la puerta de la cueva abierta para tener un poco de luz. Las velas son caras y si pongo el gas se me gasta la bombona. Solo me alumbro por la noche , pero cuando abro la puerta, el agua de la lluvia entra dentro. Pongo sacos de tierra y este plástico sobre el suelo para parar el agua que baja de la montaña. Mi kahf (cueva) está mal situada y cuando llueve, las alfombras donde dormimos se mojan. Pero le agradezco a Dios que me diera esta cueva”.

Una cueva apenas más grande que la anterior.La oscuridad, el olor a cerrado, telarañas, una cama metálica, una esquina de cocina con lo mínimo: un fogón de butano, una marmita, una cacerola desportillada, cuatro vasos, una tetera, una bandeja abollada. Utensilios guardados en agujeros excavados en la roca, dos pieles de borrego, tres mantas de lana gastadas extendidas en el suelo. De día son para sentarse, de noche, para cubrirse. Una estufa improvisada con pequeñas ramas de madera para dar una ilusión de calor. Solo faltarían unos murciélagos para dar el toque final a esta decoración prehistórica!

Del sexo a las manzanas

Zahra forma parte de esas mujeres que han sido tan maltratadas por la vida que su rostro ya no tiene edad: “Empecé a trabajar como criada a los 5 años. Me casé muy joven. Tuve tres hijos. Mi marido se fue y me dejó para volver a casarse. Hice todo lo que pude para mantener a mi familia, un día él vino y se llevó a mis hijos, me volví loca. Obtuve el divorcio siete años más tarde. Mi hijo fue maltratado por su padre y tomó algo para suicidarse. Vi a mi marido cuando vino a decirme que me hijo estaba agonizando. Mi hijo salió de esta y yo recuperé a mis hijos. Pero no tenia nada que ofrecerles, solo esta cueva por la que pago 50 dirham (5 euros) al mes. No quiero que mis hijas trabajen como criadas. He perdido la salud con este trabajo, no quiero que a mis hijas les pase lo mismo. Mi hermana vive en otra region, ella puede alimentarlas, se las he dado. No quiero que ellas vivan aquí. Quiero protegerlas. Me quedé con mi hijo, nunca ha ido al colegio, pasa todo el día fuera, solo viene a buscar pan cuando tiene hambre. A él le encanta la salsa, pero ¿has visto el precio de las verduras hermana? Ya no las compro, a veces comemos manzanas que el vecino nos regala.”

Enfrente de la puerta de Zahra, una cueva ha sido vendida por sus ancianos ocupantes y ahora sirve de frigorífico para productores y vendedores de manzanas. El Hadj me explica: “No vendemos toda la producción de manzanas, si no inundaríamos el mercado y el precio bajaría. Además necesitamos ganar dinero todo el año. Almacenamos las manzanas en las cuevas. Los ricos han construido frigoríficos para conservar la fruta. Algunos productores pagan por almacenar su fruta ahí. Pero el sabor de las manzanas cambia y el coste aumenta. No ganamos mucho con la venta de manzanas. Ya no llueve. Tenemos que pagar para regar las plantaciones, y nos queda muy poco beneficio. Prefiero conservar mis manzanas aquí, no solo se conservan bien, sino que adoptan un bonito color y guardan todo su sabor, así lo hacían nuestros antepasados, es la mejor opción.”

Las cuevas del amor se transforman gradualmente en cuevas de manzanas. Amor y manzanas; una hermosa coincidencia que recuerda una vieja historia de amor, pecado y castigo. Adán y Eva.

“Desde que mi marido murió, detesto a los hombres, no sé lo que me pasa »

Zahra vuelve a hablar: « Después de mi divorcio, me volví a casar. Mi esposo murió, dejándome a este chico. Él está inválido. El año pasado, una mujer pagaba 50 dirham por mes para que fuese a la guardería. Tiene 7 años. Quiero que vaya al colegio pero no tengo libro de familia. Tengo el acta de matrimonio y el certificado de nacimiento. El Majzén me pide una copia de la partida de nacimiento pero nació en Berkane y eso está muy lejos. No tengo dinero para ir allí”. Zahra interrumpe su historia el tiempo de enjugar sus lágrimas y sonarse la nariz. “Quiero que vaya al colegio, es inteligente aunque sus mano y sus pies sean débiles, no quiero que esté en la calle como su hermano. No puedo cuidar a su hermano, lo he tratado de convencer muchas veces para que vuelva con su padre, pero él se niega. Apenas tengo suficiente para alimentarme, hay días en que no tengo suficiente para pagar el azúcar ».

Zahra gana un poco de dinero limpiando, lavando la ropa de las vecinas, las chicas de la vida, y eso le permite vivir. En la temporada agrícola, ella trabaja en la recolección de manzanas y gana un poco de dinero cocinando para los trabajadores y lavándoles la ropa. No se prostituye, o ya no, no lo sé. “Desde que mi marido murió, detesto a los hombres, no sé lo que me pasa. No sé si es cosa de los humanos o de Dios. Antes no les tenia esa manía, no lo entiendo , sin embargo hay viudas que se las arreglan mejor que yo…”

Comparto el té, el pan, las lágrimas y la desesperación de Zahra, pensando en nuestros funcionarios que afirman en voz alta que en dos años la educación se generalizará. ¡Como si fuera suficiente decirlo para que se haga realidad! Ingenuidad o demagogia? ”Aunque tuviese dinero para ir a Berkane a buscar la partida de nacimiento , no podría pagar los útiles escolares de mi hijo, pero al menos le daría la oportunidad de aprender a leer y escribir. No quiero que aprenda a esnifar como su hermano”.

En cuanto a la prostitución, Zahra me dice que se ha vuelto muy difícil desde que ya no está Bou Laouhouche: « Las familias sufren mucho aquí, no debemos juzgarlas. Dios los guarde”.

La prostitución se percibe como una prisión donde las víctimas están encarceladas esperando que Dios las libere. La libertad es un marido, un trabajo seguro… Un milagro. Aqui nadie juzga a nadie. No se destruyen mutuamente. Se tienden la mano. ¡Cuánta solidaridad, qué bella lección de generosidad! Comparten lo poco que tienen: “Llegué aquí con un bebé de días en los brazos. Mi segundo marido acababa de morir y yo aún vestía de blanco (de luto). Una cueva fue mi refugio. Estábamos amontonadas en ella. Cuando un cliente llegaba, salíamos para dejarle sitio. Las chicas me ayudaron, me alimentaron y me prometieron no dejarme tirada. Pude alquilar esta cueva gracias a ellas. Pagaron mi alquiler a cambio de tareas domésticas. Dios las recompense. Sin ellas, mi hijo y yo habríamos muerto. A día de hoy aún se ocupan de mi, no me olvidan, Dios me las envió. Pero lamento vivir tan lejos de mis hijas, las echo de menos, pero en casa de su tía comen todos los días”.

[Continuará]

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© Soumaya Naamane Guessous | Primero publicado en Femmes du Maroc  ·  Febrero 2001 | Traducción del francés: Mimunt Hamido

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