«La vanidad literaria es imprescindible»

Jorge Herralde

Publicado por

Alejandro Luque

@atoluque

Periodista y escritor (Cádiz, 1974). Vive en Sevilla.

Publicado el 31 Mar 2016

Publicidad

 Jorge Herralde (2014) © Lisbeth Salas
Jorge Herralde (2014) © Lisbeth Salas

Sevilla | Marzo 2016

Barcelonés de 1935, Jorge Herralde es conocido como padre de la editorial Anagrama, que desde 1969 viene publicando en España libros memorables, tanto de ensayo como novela. Recientemente volvió a Sevilla, donde hizo el servicio militar y aún conserva amigos, para presentar a una joven autora de su catálogo, Sara Mesa. En su hotel del barrio de Santa Cruz conversó largamente con M’Sur sobre libros, política nueva y vieja, independentismo e Iglesia, autores queridos y editores rivales. Y mucho más.

Anagrama, entre otras cosas, ayudó a armar ideológicamente a una generación de españoles. ¿Ese armamento sirve para la España de hoy?

«Fuimos una editorial ideológica antifranquista, caja de resonancia de las izquierdas heterodoxas»

Bueno, tuvimos una primera etapa muy estimulante, en que en buena parte fuimos una editorial ideológica antifranquista, y una especie de caja de resonancia de todas las izquierdas heterodoxas, desde el Che a Mao, Lenin, Trotski, Bakunin, Rosa Luxemburg, los situacionistas franceses… Fue un momento de choque contra la censura, pero a pesar de todo, mirando el catálogo vemos que se publicaron libros impensables. También lanzamos una colección, titulada ‘La educación sentimental’, donde abordamos cuestiones de feminismo, movimientos gays, un poco ametrallando el conformismo burgués. Luego hubo una resaca en toda Europa, después de esta década de esperanza revolucionaria, de ese deseo de cambiar la sociedad y de ruptura total.

¿Cómo respondieron ustedes a ese momento?

Ahí empezó más fuerte la narrativa, con la colección Contraseñas que había empezado en los 70, con Bukowski, Tom Wolfe, Hunter Thompson… En los años 80 inauguramos Panorama de narrativas, que tuvo de inmediato una gran acogida, porque los lectores habían dejado de leer ya, o leían narrativa. Eso me lo dijo la librera más roja de Barcelona: “Los clientes son los mismos, pero antes leían a Lenin o a Mao, y ahora leen a Patricia Highsmith y a Chandler”. Así hemos pasado casi 50 años on the road desde la fundación de Anagrama, en abril del 69, que es la fecha del primer libro, aunque yo ya llevaba un tiempo preparándola. Creo que la editorial, por decirlo de un modo un poco pomposo, ha estado atenta al latido del tiempo, modulando su programa, fiel a su espíritu y también acorde a las situaciones históricas, pero sin bajar el listón de calidad, con un cuidado artesanal de nuestros libros. Y al mismo tiempo, estando atentos al talento que iba surgiendo en distintos países.

¿En quién piensa al decir eso, a bote pronto?

«Teníamos la Revolución Francesa como mito, íbamos mucho más a París que a Madrid»

Yo, por ejemplo, soy muy francófilo, desde pequeño, como mucha gente de Barcelona que teníamos la Revolución Francesa como mito, íbamos mucho más a París que a Madrid, y a Perpignan, que estaba al lado, a ver cine y comprar los libros de Ruedo Ibérico, la editorial que creó mi buen amigo Pepe Martínez. Fue, por utilizar un tópico, una bocanada de aire fresco muy gratificante. Aunque en Anagrama la mayoría son ingleses y americanos, me parece importante lo que hicimos con los pensadores franceses, Althusser, Lévi-Strauss, Lacan, y luego con autores de largo recorrido como Bourdieu, Braudillard, Lipovetsky… Y en el ámbito de la literatura, autores del noveau roman como Robbe-Grillet, que era una persona fascinante. Así como en los libros y películas parece geométrico y riguroso, incluso un tanto hostil para los lectores, en persona era un tío de una vitalidad, de un sentido del humor, comía y bebía como un poseso…

¿España se ha vuelto menos francófila, se ha perdido esa influencia?

El rodillo del inglés, en todos los ámbitos, ha reducido mucho el francés. De todas formas, tengo la teoría, creo que bastante defendible, de que han surgido una serie de escritores franceses, que hoy tienen entre 60 y 70 años, que lentamente han ido siendo reconocidos en España como maestros. Hablo de Pierre Michon, Emmanuel Carrère, Houellebecq, Patrick Deville, Modiano, claro… Y Yasmina Reza o Delphine de Vigan, que son más jóvenes…

Volviendo a la primera pregunta, la de la política. Los nuevos partidos, ¿tienen bagaje literario, se les notan las lecturas?

«No creo que las ansias lectoras de C’s tengan afinidad con el catálogo de Anagrama; Podemos sí»

De Ciudadanos, no creo que sus ansias lectoras tengan muchas afinidades con el catálogo de Anagrama. Podemos debería tenerlas. En Anagrama fue donde salió el primer texto en España de Ernesto Laclau, junto con Gramsci los dos grandes ideólogos que reivindica Podemos. Pero aparte de unos cuantos autores políticos, no parece que la cultura sea su prioridad.

Se ha escrito mucho del peso que tuvo la Gauche Divine, a la que usted perteneció, en la transformación de Barcelona y de la vida cultural española. Pero no fue precisamente una revolución obrera: hoy, si me permite, habrían sido calificados de pijos divirtiéndose…

Entonces la gente del PC, y del bastante escuálido Partido Socialista de los 60, eran bastante más puritanos, no tenían esa cosa lúdica de romper barreras en lo personal, en lo sexual. Pero mal que les pesara, fue un grupo de bastante gente de izquierdas. Muchos fuimos penalizados, yo mismo estuve en el Tribunal del Orden Público por publicar un libro sobre los tupamaros… Fue una generación comprometida que quería divertirse y transgredir. Por estas olas históricas, nos fuimos encontrando un grupo –que fue etiquetado desde fuera, nunca funcionó como tal– de gente con afinidades culturales, políticas y lúdicas. Algunos venían de la arquitectura, el diseño, la fotografía, el cine.

Uno de los personajes de aquel movimiento que siempre me interesó fue Joaquín Jordá, traductor de la casa, por cierto…

«Con Italia es difícil el trasvase, introducir autores españoles allí, y al revés también, cuesta»

Hubo un efímero pero interesante grupo de cineastas que hicieron películas tipo nouvelle vague, y mi gran amigo Joaquín Jordá inventó el lema de “ya que no podemos hacer Victor Hugo, haremos Mallarmé”. Eran películas muy de vanguardia, medio crípticas algunas, pero en todo caso estimulantes. Vistas en un ciclo reciente de la Filmoteca, es una especie de documental del alma de una época, bien interesante. Había también un grupo excepcional de fotógrafos, escritores como los Goytisolo, Marsé, poetas como Gil de Biedma… Se hicieron cosas valiosas, pero desde los años 80 llegó el monorraíl de la profesión, no fue aquella algarabía, no hubo más cruces. Yo mismo me dediqué monográficamente a la edición. Todo eso lo ves en un libro bien interesante, El discreto encanto de la subversión, de un vasco, Alberto Villamandos, que vive en Estados Unidos, un estudio serio de la Gauche Divine y resalta la importancia que tuvieron varias editoriales (Barral, Anagrama, Lumen y Tusquets) al forjar el gusto de una amplia franja de lectores.

¿Por qué ha costado tanto introducir en el mercado español autores del Mediterráneo Sur? ¿No son rentables, hay una resistencia por parte del público? Lo digo porque la misma pedagogía que hicieron con los anglosajones, podrían haberlo hecho con el panorama árabo-musulmán…

Es cierto que no hemos publicado mucho, Tahar Ben Jelloun y otros, pero es cierto que la acogida del lector español tiende a ser muy tibia. Es un poco la llamada de los centros culturales, que pueden ser París, Nueva York y Londres. Con Italia es difícil el trasvase, introducir autores españoles allí es difícil, y al revés también, cuesta. Nosotros hacemos política de autor, y cuatro de los autores más importantes del catálogo de Anagrama son Claudio Magris, Alessandro Baricco, Antonio Tabucchi y Roberto Calasso, cuatro autores de altísimo nivel. Pero habiéndoles publicado todo, solo han triunfado con un libro: El Danubio, Seda, Sostiene Pereira, Las bodas de Cadmo y Harmonía. Lo demás bien, pero sosegado.

¿Cree que sucede algo parecido a lo que decía Borges sobre Gardel y sobre él mismo, que en España nada triunfa hasta que no es encumbrado en París? ¿Es el camino más corto para portugueses, marroquíes, italianos…?

«El inglés odia la literatura traducida; en Francia es lo contrario, hay receptividad»

Yo diría que es una hipótesis poco discutible. De hecho, hay un libro buenísimo que publiqué hace años, de Pascale Casanova, La República mundial de las Letras, y una de las cosas que señala es que la literatura francesa, a pesar de que después de tantos años en un gloriosísimo primer lugar, a raíz de la guerra, con el noveau roman queda como experimento cultural interesante, pero alejado de los lectores. Luego vino un periodo ombliguista de la literatura francesa, y dejó de tener una relevancia fundamental como la que tuvo en tiempos de André Gide, de Camus, de Malraux, de Sartre. En cambio, en el otro polo que podría arrebatarle el liderazgo, que era Nueva York, casi no existían traducciones. El inglés odia la literatura traducida, lo que se entiende teniendo esa tradición tan rica en la propia lengua. En Francia es todo lo contrario, siempre ha habido una receptividad para la cultura de otros países. China, Japón, India, tienen unas traducciones del francés…

Hablando de traducciones, Anagrama parece haber tenido mucha crítica en este campo, sobre todo desde la otra orilla del Atlántico. ¿Puede explicar su política al respecto?

«Al lector de Londres le cuesta más entender ‘Trainspotting’, que al iberoamericano, la traducción de Anagrama»

Esa polémica, de entrada, me parece un poco tontorrona. Durante mi generación, el mayor número de traducciones eran argentinas y mexicanas. En cuanto sabías el vocabulario básico, el saco, la pollera, la pileta, y los tiempos verbales, con un poco de buena voluntad lo entendías todo perfectamente. El problema se da, sobre todo, en novelas argotizadas. Pero ante el problema de argot tienes que optar por algo. Por ejemplo en Trainspotting, uno de los casos que siempre salen, al habitante de Londres le cuesta más entender el original, con la jerga de los camellos de droga de Escocia, que al lector iberoamericano la traducción de Anagrama. La otra opción sería hacer una traducción para cada uno de los países, y dentro de cada país incluso para algunos barrios, o bien optar por un español pasteurizado. O, como nosotros, optar por un argot, y ya está. Son cosas que arman mucho ruido, pero creo que hay una especie de espíritu nacionalista por parte de quienes protestan. Lo entiendo en parte, pensando en la edición de América Latina, que fue tan potente en los 40, 50 y 60 gracias a Franco, la censura y el exilio de tantos intelectuales españoles que fundaron o impulsaron editoriales como Sudamericana, Losada, Emecé, y ahora tan invadida por los dos grandes grupos con sede en España.

Ya que menciona el nacionalismo. En la última visita que hice a una librería de Barcelona, comprobé que el subgénero del nacionalismo catalán ocupaba cada vez más espacio en las mesas y anaqueles. ¿Es eso sano? ¿Se podría ocupar en cosas mejores?

A mi juicio sí, pero si se escriben y se tienen, es porque responden a un deseo, a una realidad. Con esa realidad se puede estar en desacuerdo, o no creer en la viabilidad de la realización de un deso, que me temo que va a provocar muchas frustraciones. Lo que voy a decir es bastante incorrecto, pero en muchos casos me recuerdan el título de una novela de Marsé: Encerrados con un solo juguete.

Después de conocer a tantos escritores, ¿ha llegado a comprender la vanidad literaria?

«Sin ego y sin confianza en uno mismo, con las desconfianzas paralelas, nadie sería artista»

La vanidad literaria, yo diría que es imprescindible. Sin ego y sin confianza en uno mismo, con las desconfianzas paralelas que correspondan, nadie sería artista. Es casi una condición sine qua non. Una vez, hablando con Ignacio Martínez de Pisón, le dije que era un escritor sin ego, una rareza, ¡tienes que ir al médico…! Lo que pasa es que se puede llevar más o menos ostentosamente, y una de las funciones del editor o del director de cine, es tratar de apacentar los egos.

Bien mirado, la literatura ni da mucho dinero, no más que otros empeños, ni demasiada fama, ni –según dicen– permite ligar más… ¿Qué les da?

«Yo sí diría que se liga más con la literatura. A todo el mundo le gusta ser reconocido»

Bueno, de entrada yo sí diría que se liga más [risas]. Aunque no lo confiesen, sigues atentamente sus vidas y a todo el mundo le gusta ser reconocido. Ahora estamos en la larga cuaresma de la crisis, pero en los años de la burbuja inmobiliaria, que propició la gran burbuja editorial, con anticipos altísimos, ventas igualmente altas de buena literatura… Cuando empezamos a publicar a Carmen Martín Gaite, de sus cuatro últimas novelas vendimos más de 100.000 ejemplares, una cifra que hoy puede obtener Las sombras de Gray, pero no busques algo parecido en buena literatura… En aquella época de esplendor y despilfarro, las actividades paraliterarias, congresos, invitaciones, eran otra fuente de ingresos conspicua. Ahora toda la cadena del libro está afectada, los grandes grupos, las pequeñas editoriales, los correctores, los traductores… Y los autores. Ahora encontramos autores de la mid-list, que vendían 15.000 ejemplares, que está bien, y pasaron a vender 3.000. Donde solo el ego estaba en su estado más prístino, era en la poesía. No había dinero, solo había prestigio, y ahí se daba una lucha sarracena. Había algún premio, pero comparado con la narrativa, era calderilla.

Ya que lo menciona, ¿por qué Anagrama apenas se ha lanzado a publicar poesía, teniendo fuerza para ello?

«Agustín García Calvo, a quien fui a visitar con Víctor Gómez Pin en París,  me abrió en pijama»

Yo fui muy lector de poesía en mi juventud, me encanta, aunque ahora las lecturas del editor están esclavizadas por su editorial, no puede uno permitirse leer de forma tan libre como antes. Los libros del boom, por ejemplo, los leí todos en los años 60, luego me tuve que restringir para lo que podría ser anagramatizable. Es una cuestión entre urgencias y recursos. Cuando empecé en la editorial, aunque mi vocación era la novela, en aquel momento político, donde ya se resquebrajaba el franquismo, y donde habían tantísimas cosas en el ámbito político, mi urgencia fue publicar textos políticos y de ciencias sociales, cosas de antipsiquiatría, estructuralismo, cosas interesantes que el lector español, que no leía idiomas, pudiera disfrutar. No era una editorial con gran poderío económico y me concentré en el ensayo, luego en la narrativa, más tarde en el periodismo o, con la Biblioteca de la Memoria, las biografías de escritores y pintores… Y había ya muchas editoriales de poesía que lo hacían francamente bien. Se trataba de ocupar un territorio y no entrar en otros ya ocupados, que no me parecieron tan importantes. Esporádicamente hemos publicado alguno, los Sonetos de Shakespeare en traducción de Agustín García Calvo, a quien fui a visitar con Víctor Gómez Pin en su piso de París, y me abrió en pijama…

Bueno, él siempre iba en pijama, o batín, o algo parecido…

Sí, y con esos fulares al cuello… A García Calvo lo conocí en Sevilla en el año 60, cuando hacía la mili aquí. Gracias a un amigo, Alejandro Cano, que iba al seminario de Agustín, un grupo de 15 o 20 alumnos, todos discutiendo apasionadamente de filosofía. El alumno estrella era el joven Reina, que luego fue el famoso traductor José Luis Reina Palazón, a quien sigo viendo de vez en cuando en Frankfurt… Pero bueno, también publicamos poesía de Enzensberger, Sebald, Ginsberg… No estoy cerrado, pero solo la editamos esporádicamente.

El viejo Lara le confió a Fernando Quiñones que no podía publicar poesía, porque le constaba que todos sus superventas de novela tenían un poemario en el cajón, y le arruinarían el proyecto. ¿A usted le ha pasado algo así?

No, no, nada de eso [risas].

Más de una vez ha insistido en que buena parte de los males de España se deben al clericalismo. ¿Qué opina de que ahora los católicos se sientan atacados por procesiones ireverentes, asaltos de capillas en topless y oraciones obscenas?

«Hoy, anticlerical es de las pocas cosas que puedes ser sin temor a equivocarte»

Después de haber gobernado el país con impunidad, con ventajas económicas insultantes, ahora, por esos pocos asedios, que tenían que ser más salvajes, se lamentan. Qué cara más dura. Hay una frase fantástica, creo que me la dijo Josefina Aldecoa: ‘La guerra civil la perdieron los maestros y la ganaron los curas’. Estas generaciones decapitadas de maestros republicanos, asesinados por ser maestros y reemplazados por curas analfabetos –sé lo que digo, estudié en La Salle–, han empobrecido muchísimo la vida cultural española. Hoy, anticlerical es de las pocas cosas que puedes ser sin temor a equivocarte.

Entre ustedes, los editores, se quitan los autores, es un verdadero cambalache. ¿Forma parte del juego?

Hay rapiña, que se da en unos países más que en otros. En España es la consecuencia de la concentración y el poder de los dos grandes grupos. Buscan, por una parte, ganar mucho dinero, y por otra pellizcos de glamour. A autores que despuntan, les ofrecen cantidades superiores, a menudo muy superiores a las ventas previsibles. Una inversión en glamour, como digo.

¿Alberga rencores?

Procuro aparcar los rencores, que no sirven para nada, aunque no olvido. Pero en este mundo darwinista actual es lo que hay. Estás en la cancha, y puedes sufrir la entrada de uno de esos defensas leñeros de antes de la televisión, tipo Goicoechea, que le partían la pierna a Maradona o a Schuster.

¿Qué opina de la proliferación de editoriales pequeñas? ¿Son competencia, o están condenadas a la extinción?

«Ahora hay en España una oferta literaria de calidad notable, superior a otros países europeos»

Es difícil predecir el futuro, más en estos tiempos de amenazas tecnológicas. Pero con bastantes de ellos tengo una relación cordial y amistosa. Muchos lo están haciendo bien. Tienen ventajas y desventajas. Los mejores tienen la idea clara de que la única forma de sobrevivir es con el máximo rigor, son editoriales muy cuidadas, con proyectos bastante identificables. Muchas han empezado en estos años de la crisis, con autores similares a los que Anagrama sacaba en los 70, y así es difícil tener grandes best-sellers, de modo que están obligados a la autoexplotación. Paradójicamente, ahora hay una oferta literaria de una amplitud y una calidad notables, superiores a otros países europeos. Claro, tienen la ventaja de que es más barato editar, y moverte con internet. Nosotros estamos presentes en América Latina desde el principio, cuando el manuscrito iba casi en una botella arrojada al mar, contestaban o no, pagaban o no –más bien no–, y el editor estaba obligado a recorrer el continente y cobrar los derechos. Ahora todo es más favorable, se pueden hacer tiradas pequeñas, pero hay una competencia fuerte. España es de los países donde la oferta es más buena y desproporcionada.

A veces los editores españoles se sorprenden de que Andalucía haya tenido ayudas a la edición. ¿Es su caso, qué opina de las subvenciones?

Hombre, creo que la cultura está tan castigada, que me parece bien siempre que los criterios de ayuda no sean chanchullos. Estoy a favor de la ‘excepción francesa’, allí hay un respeto por la cultura, la edición, la literatura, muy arraigado. Malraux fue ministro de Cultura allí, con eso está dicho todo, mientras con el PP no hay ministerio. Tendría que haber sido ministro Lassalle, y de repente designaron a Wert, y dejaron a Lassalle como Secretario de Estado con muy poco margen de maniobra. En Barcelona, con Ada Colau, que tiene ideas singulares sobre la cultura, no hay ni siquiera concejalía. Eso ya dice mucho.

La pregunta invitada de…pron-patricio100

Patricio Pron

¿Hoy el talento es más escaso, o más difícil de encontrar?

Bueno, quizá llevado por mi optimismo militante, pero no totalmente ciego, creo que hay talento y se encuentra. Te pongo ejemplos: Miguel Ángel Hernández, un autor murciano con dos excelentes novelas, y dos autoras que ya tenían obra pero aún no habían acabado de despegar, como Marta Sanz, que ya es, indiscutiblemente, la primera de su generación, y Sara Mesa, que después de Cicatriz sorprende con este libro de cuentos, Mala letra, demostrando mucho talento en esa unión de complejidad y concisión.

¿Qué le hizo decantarse con Feltrinelli a la hora de transferir su legado?

En los 70, 80 y 90, con la madre de Carlo Feltrinelli, Inge Schönthal, compartimos autores y amistad. Venía a España, yo iba a París, a Italia… Y la mítica Giangiacomo Feltrinelli fue una de las editoriales en que más atención puse, porque combinaba los dos aspectos que me interesaban, la izquierda heterodoxa y la vanguardia cultural. Años después conocí a Carlo y como incomprensiblemente los editores no somos eternos, pensé que era la persona indicada. Tengo confianza en esta alianza, porque hasta enero de este año he sido propietario mayoritario de Anagrama y no han intervenido en absoluto. A Carlo le gusta Anagrama y no la compró para cambiarla.

Cuando publicaron a Ammaniti, Faletti, Francesco Piccolo, Saviano… Hubo quien pensó que Anagrama se estaba llenando de italianos.

Desde los 80, cuando empezamos a publicar a los ‘emergenti’, hemos publicado siempre muchos italianos. Ahí estaban Tondelli, Andrea di Carlo, Manganelli, Bufalino… Luego me sosegué. Aunque los italianos tuvieron siempre su pequeño club de fans, de ahí no he pasado. Ahora, de repente, han aparecido unos cuantos nuevos, pero ninguno es de Feltrinelli, aunque pronto aparecerá una excelente novela de Concita De Gregorio.

Usted siempre ha admirado el trabajo de Calasso al frente de Adelphi. ¿Cuáles son sus otros editores favoritos?

Si tengo que hacer cronología, de España empezaría por Janés en los 50, y Carlos Barral en los 60 y 70. En Estados Unidos, Grove Press, la editorial más revoltosa y peleona, y Farrar, Straus & Giroux, que publicaron a Bolaño. Y también New Directions. En Francia, Minuit, Christian Bourgois, y naturalmente Gallimard. De las alemanas, Suhrkamp y Hanser.

Hablando de autores

¿Le hace gracia que ahora todo el mundo sea lector de Chirbes ‘de toda la vida’? Le darán ganas de decirle a más de uno: ‘Ya podríais haberlo dicho desde Mimoun’…

Chirbes es un caso muy singular, por el que luchamos mucho. Ahora todo el mundo lo ve, pero teníamos claro desde Mimoun que era un autor que sería muy importante. En la revista Turia publiqué un texto sobre la acogida que tuvieron todos sus libros, en España y fuera. Y quedan claras dos cosas: frente lo que se ha dicho, desde el principio Chirbes tuvo muy buena crítica. Lo que pasa es que iba a contrapelo, lo que escribía era incómodo con la España de la movida, de la burbuja, de vivir bien y hacer pasta rápidamente.

Era el aguafiestas, ¿no?

Así es, y a la gente, excepto a los buenos lectores, no le apetecía leer a ese aguafiestas oficial. Por otro lado, Rafa, entrañable, leal, divertido, gran lector, cultísimo, era muy arisco respecto a la gente que creía que se había vendido y traicionado sus ideales, por eso se granjeó muchas enemistades. Nunca tuvo el apoyo de las cúpulas del poder literario, vivió sin premios, sin invitaciones. Se vio siempre relegado, hasta que publicó Crematorio, aquella novela leninista-proustiana, como él se definía, donde se notaba que había leído a Musil, Broch, Dos Passos, Max Aub… Esa novela, premonitoria del pinchazo de la burbuja, y En la orilla, con su devastación moral, psicológica, política, enlazó con los indignados, con los hijos de la ira que diría el poeta. Hubo una conexión con la gente joven y otros indignados, Chirbes encontró a su público. Son dos novelas escritas con todo lo contrario de los requisitos del best-seller, historias largas, de lectura no fácil. Después de décadas a contrapelo, se encontró en el lugar indicado gracias a no haberse movido nunca de su sitio.

¿Ahora cuánto tardarán en descubrir a José Ángel González Sainz?

Él tampoco lo pone fácil, no creas. Escribe libros fantásticos, de una ambición asombrosa, pero en Un mundo exasperado, por ejemplo, el lector tenía que subir con escafandra las 200 primeras páginas para llegar a disfrutar de verdad… Cualquier lector no llega a eso.

Déjeme que le pregunte por Günter Wallraff, uno de esos éxitos inesperados de Anagrama, que hoy mucha gente ignora.

Leí Cabeza de turco en francés, y me gustó tanto el modo en que cuenta cómo vive la realidad cotidiana un inmigrante ante el racismo alemán más despiadado, que decidí empezar la colección Crónicas con él. Su éxito es uno de esos misterios que se dan de vez en cuando, porque nadie habría predicho que se convertiría en best-seller. El lector español medio, leyendo cuatro artículos de prensa sobre ese tema, ya se da por informado al respecto. Wallraff en cambio vino a Barcelona, llegamos a un acuerdo con Círculo de Lectores, y en ambos sitios fue acogido como si fuera Mick Jagger. Era como un iluminado.

¿Te ha gustado esta entrevista?

Puedes ayudarnos a seguir trabajando

Donación únicaQuiero ser socia



manos

Post relacionados

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *