Pablo Casado ¿racista?

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Alberto Arricruz

@Alberto03021962

(Paris, 1962) Hijo de emigrantes sevillanos, trabaja en Francia de funcionario en cuestiones de sanidad publica y personas con discapacidad.

Publicado el 7 Sep 2018

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Pablo Casado, secretario general del PP, hizo una sonora declaración (en Twitter) por la llegada del barco Aquarius: no se puede acoger, dice, a toda la gente. Ayudemos a África con un “plan Marshall”. Y se hizo fotos con refugiados en Algeciras.

Las voces de izquierda que no estaban de baja veraniega han gritado (en Twitter): ¡Racista!

Echenique – Podemos– tuiteó datos demostrando que la inmigración fue benéfica en la década anterior. Ignacio Escolar demostró que han caído las llegadas. Teresa Rodríguez –Podemos Andalucía– lo retuiteó. Espinar –Podemos Madrid– salió en defensa de los manteros, diciendo que quien defrauda es el Corte Inglés… Columnistas de Diario.es y Publico.es denunciaron el racismo de PP y Ciudadanos. En El Confidencial, Echenique ya dijo que Rivera es racista de siempre; en Catalunya los suyos “intentaron liderar una cruzada contra el burka y el niqab”.

Admiro a Pablo Echenique, un tío estupendo llegado al escenario político cual cometa, en silla de ruedas y desde los agujeros negros y la relatividad general. Sé que Teresa Rodríguez alberga las perspectivas electorales progresistas en Andalucía y, en consecuencia, en toda España.

Perdonad mi falta de humildad, pero: ¿No sería mejor reflexionar que reaccionar? ¿Entender lo que vive el pueblo en la crisis migratoria? Entender en el sentido de Spinoza: computar, antes de juzgar, la fría realidad.

¿Cómo recibe el pueblo tales mensajes políticos? Compongamos una frase con las posiciones de Casado, y otra con las respuestas “progresistas”.

¿Los taxistas en huelga contra Uber valen, pero el comercio ilegal en las calles está bien?

Pablo Casado: La inmigración no puede seguir, es insoportable para el país (tuit); para pararla, hay que mejorar África (“plan Marshall”); nos preocupa el drama en Mediterráneo (fotos con migrantes).”

Izquierda “radical”: La inmigración es buena (Echenique); ya no viene tanta gente (Teresa Rodríguez); los manteros no son el problema (Espinar); lo demás es racista e islamófobo (Echenique).

Las cifras económicas de la década anterior demuestran que la inmigración es buena: ¿Vivan la agricultura intensiva y la condición de inmigrante en El Ejido o en Huelva? ¿Viva el ladrillo?

Defendiendo los manteros: ¿Los taxistas en huelga contra Uber valen, pero los comerciantes del centro no? ¿El comercio ilegal en las calles está bien?

La inmigración ha decaído después de 2015. ¿Gracias a Merkel por pagar a Erdogan, para mantener en Turquía centros de retención? ¿Sigamos pagando al rey de Marruecos, para que no joda Ceuta y Melilla y se encargue de los migrantes? ¿Sigamos dando dinero y armas a milicias en Libia, que abren el grifo de pateras a su antojo? ¿Callando el trato criminal que reciben los migrantes en esos países?

Hago gala de mi condición de hijo de inmigrantes –obrero él, empleada de limpieza ella– crecido en una barriada – la banlieue francesa– rogando que no se me tache de racista: la inmigración es una calamidad.

Lo es para quien emigra. Y para los países que dejan, desangrándolos.

Es una calamidad para las clases populares. Se les cae encima, sin elegirla, gente radicalmente diferente, derrumbando el entorno cultural con el que se identifican, permitiendo a la patronal bajar salarios, destrozar condiciones de trabajo y conquistas sociales.

La izquierda “radical” alaba el proyecto del gobierno de Bolivia: revertir el sentido de las agujas del reloj, recuperar leyes de hace cinco siglos marcando la primacía de la identidad no española, combatir la cultura “gringa”. Acepta el “catalanismo”, afirmando que ser catalán es radicalmente diferente de español y que tal identidad está amenazada por España.

Pero cuando los pueblos europeos, incluido el español, sienten la inmigración como un peligro para su identidad ¿entonces no? ¿Entonces son racistas maleducados?

Fue una brillante operación de socialista Mitterrand: hacer de la inmigración un problema de racismo

¿Que se le dice a la gente de Melilla, de Lampedusa, de Vintimiglia y Menton en la frontera francoitaliana, a la gente de Calais? Allí, la explosión migratoria ha transformado todo. Calais alberga la entrada del túnel a Inglaterra: ha pasado de ser una pequeña ciudad de marinos, obreros y campesinos, de tradición comunista solidaria, a ser un infierno para sus habitantes. Pero contar la destrucción que han experimentado, de sus vidas y de su entorno, resulta imposible sin que alguien los llame racistas y fachas. La izquierda los ha abandonado.

En Francia, en treinta años, la perdida masiva de empleo industrial ha destrozado regiones, dejando sin perspectiva. Y la inmigración ha provocado cambios enormes entre las clases populares.

Y ahí está el auge del fascismo islamista entre la gente de origen inmigrante.

Millones de franceses de condición humilde viven en barriadas inmersas en normas sociales del wahabismo. Con discriminación de las mujeres en privado y en el espacio publico por velo, niqab, hiyab, burka. Rechazo a los principios de libertad, igualdad, fraternidad y laicidad, primacía de los principios religiosos, reaccionarios y machistas. Imames pagados por países “musulmanes” y control social ejercido por golfos de barrio que hacen de policía “moral”, además de participar en el tráfico mafioso de drogas. Racismo declarado antiblancos, antijudío, antiasiático… y la violencia como forma corriente de relaciones sociales. Tienen la escuela publica destrozada, no pueden entrar la policía, los bomberos, el SAMU, los servicios sociales ni tampoco – por supuesto – los servicios facilitando anticonceptivos, aborto, denuncias por maltrato…

Con solo describir eso, se te acusa de racista y fascista. ¿Por qué?

Desde los años ochenta domina la disyuntiva “racismo/humanismo” para enfocar la inmigración y sus consecuencias. El movimiento francés “Touche pas à mon pote” (No te metas con mi compi) recogió el impulso de la marcha de hijos de magrebíes – la “Marche des beurs”. Fue una brillante operación del presidente de la Republica y líder socialista François Mitterrand: hacer de la inmigración un problema de racismo por superar, llamando al pueblo a ser bueno.

Los socialistas adoptaban la política económica y social de la derecha: necesitaban marcar la oposición izquierda/derecha en términos nuevos. Mitterrand ordenó abrir los medios a Le Pen padre para las elecciones europeas de 1984, permitiendo que su movimiento pasara de inexistente al 11% de los votos. Consiguió la implosión de la derecha, al imponer en el campo léxico de la política los términos “racismo” y “fascismo” para distinguir a los “demócratas” de los demás.

Christophe Guilly, geógrafo investigador de las clases populares, dice: “La nueva burguesía protege eficazmente su modelo gracias al postureo antifascista y antirracista. El antifascismo se ha tornado arma de clase, porque permite afirmar que lo que dice la gente no tiene legitimidad, por ser fascista y racista. (…) Es de notar que en las categorías populares, en la vida real, la gente de todo origen no habla de fascismo o de antifascistas, eso es algo de la burguesía.”

Esa revolución cultural y política, extendida a toda Europa, acompañó la desaparición del partido comunista, pero también de la componente obrera de la socialdemocracia, eliminando la clase obrera como sujeto político.

En respuesta a los atentados de Barcelona, la izquierda da más poder a los clérigos islamistas

Una consecuencia es el abandono de la laicidad republicana, esa inmensa victoria progresista alcanzada primero en Francia tras decenios de luchas contra la Iglesia católica. La izquierda se ha vuelto multiculturalista. Basta leer lo que han dicho – o callado – después de la masacre de los redactores de Charlie Hebdo a mano de militantes islamistas. Aconsejo también leer al profesor Vicenç Navarro (un dirigente de Podemos que no tuitea) cuando analiza la evolución política del partido demócrata de EEUU (en Publico.es), mostrando como ese partido se ha aislado de la clase obrera “blanca”.

Cumpliendo un año de los atentados de Barcelona y Cambrils han salido declaraciones de los terroristas. A punto de suicidarse matando, muestran su fe en el islam y en el proyecto político demencial del fascismo islamista.

En el homenaje a las victimas en Barcelona subió al escenario un grupo de jóvenes de diferentes orígenes y religiones. Un chico lucía un turbante y una chica lucía un hiyab: ese pasamontañas con el que suele demostrar que es “decente” –porque toda otra mujer no lo es– y sometida al orden patriarcal. Sin duda habrá sido elegida por un imam, a petición del Ayuntamiento. Ese día, Manuela Carmena tuiteó una foto con Ada Colau, diciendo “El dolor puede transformarse en solidaridad y respeto por la diversidad”.

Es decir, en respuesta a los embistes contra la libertad, la laicidad y la igualdad de hombres y mujeres, la izquierda da más poder a los clérigos islamistas sobre la vida social de los musulmanes. Ya el año pasado, en las Ramblas sangrientas, promovieron las lágrimas del imam.

Pues, perdonadme otra vez mi osadía ante figuras tan valientes como Ada Colau y Manuela Carmena: promover una chica con hijab tras ese atentado es una traición.

Traición a las mujeres iraníes que arriesgan vida y libertad para acabar con la obligación de velarse. A las mujeres marroquíes enfrentadas a la campaña islamista “Sé un hombre: tapa a tus mujeres”. A las mujeres yazidíes esclavizadas por Daesh. Traición a las mujeres asesinadas en Argelia durante la década negra del terrorismo islamista, simplemente por no llevar velo. Porque así es como tapar a las mujeres se ha vuelto común en los países “musulmanes”: no por elección, sino por terror.

Ibtissame Lachgar, activista feminista en Marruecos, ha sido arrestada este agosto por hacer campaña a favor de la libertad de vestir bikini en playas y por el derecho al aborto. ¿Dónde están las voces de la izquierda, esas que han alentado la lucha para el aborto libre en Argentina? ¿En qué revista escribe sobre Marruecos Cristina Fallarás, que carga contra la Iglesia católica por la prohibición del aborto? ¿No sabe cómo los imames rigen la vida de las mujeres en barrios de España y Europa?

Teresa Rodríguez ha visitado al pueblo saharaui, con permiso del vergonzoso gobierno argelino. Allí está Maloma, andaluza de Mairena del Aljarafe, raptada cuando fue a visitar su familia, por gente que considera que ser mujer te hace propiedad de tu tribu. Ni una palabra de Teresa. ¿Por qué?

Esa izquierda es feminista, pro-LGBT… pero no para los musulmanes. Ellas y ellos son diferentes. Lo llaman diversidad

El verano pasado, dos activistas argelinos de derechos humanos fueron arrestados en España, cumpliendo una orden de arresto internacional con acusaciones falsas. Tres meses en prisión, un año para librarse de la extradición. No hubo declaración, ni la menor señal de interés por parte de Podemos, IU, PSOE… ¿Por qué?

En Alhucemas y el Rif llevan más de un año manifestándose contra la miseria, la corrupción y la represión, reivindicando hospitales, escuelas, universidad, en vez de mezquitas para pobres y chalés de lujo para corruptos. Sus líderes han sido condenados a decenas de años de cárcel. ¿Dónde están las manifestaciones de solidaridad con nuestros hermanos vecinos? ¿Palestinos sí, rifeños no?

Los pueblos, incluyendo los hombres y las mujeres de origen inmigrante, reciben nítidamente el mensaje de esa izquierda: feminista, pro-LGBT, opuesta a los clérigos, sí… pero no para los musulmanes. Ellas y ellos son diferentes. Lo llamamos diversidad. En los países occidentales, derecha e izquierda aceptan el discurso de los fascistas islámicos: creen que todo pueblo musulmán es fascista por nacimiento y obligación genética. Si eso no es racismo, desde luego huele a condescendencia neocolonialista de pequeñoburgués. Sin duda, traiciona los compromisos progresistas universales.

Reflexionar a raíz de las declaraciones de Casado es algo que intenta Manolo Monereo, persona de peso en IU y Podemos, el 14 de agosto. En Cuarto poder, Monereo analiza (no tuitea): “Para una parte de la sociedad española la inmigración es un problema más que una solución. En eso, las fuerzas políticas deberían hablar con claridad y seriedad y sin hipocresía.” Y, sobre lo bueno para la economía: “Es mano de obra sumergida, sin derechos, de sobreexplotación, son nuevas formas de esclavitud. Eso no lo quieren tampoco los trabajadores europeos.”

Jorge Verstrynge, compañero de ruta de Podemos (no tuitea), también ha intervenido, desde su absoluta libertad, siempre directo y a puñetazos. La redacción de Diario.es le había encargado artículos, pero al ver su primera entrega quedaron espantados y no lo publicaron: los lectores “no lo soportarían”. El periodista Antonio Maestre ha defendido eso por Twitter, tildando la columna de “bazofia lepenista” y considerando que en Podemos “va siendo hora” de quitar Verstrynge de en medio.

Verstrynge recuerda la realidad de las mafias y los pasadores: esa tragedia es un tráfico de seres humanos muy lucrativo, un comercio criminal a escala intercontinental, implicando a Estados enteros.

También afirma que los pueblos de Europa tienen una responsabilidad nula con la esclavitud y los crímenes coloniales. Estoy de acuerdo: si la izquierda sigue pidiendo a las clases populares europeas que carguen con la inmigración para redención de los crímenes coloniales, pues sencillamente merece desaparecer.

Cuando te alzas contra la miseria, como los rifeños, Europa te deja solo

Verstrynge está enfadado con esos africanos que eligen emigrar, formados y con recursos, gastando un dineral que les permitiría crear empresas en África, cuando deberían volcarse en revolucionar sus países en vez de irse. Creo que no podemos juzgar a quien intenta esa temible odisea: en tales países, Estados corruptos a manos de criminales no te permiten invertir en una pequeña empresa. Te quitan tu dinero, te quitan la empresa. No puedes entrar legalmente a Europa, todas las trabas están para nunca conseguir el visado.

Existe el “efecto llamada”, el de verdad, que Ilya Topper describe perfectamente en su columna “Antes muerto que pardillo”.

Y cuando te alzas contra la miseria, como los rifeños, Europa te deja solo.

Si la izquierda francesa y española hubiese cumplido con su deber manifestándose con el pueblo rifeño, nunca el poder marroquí habría podido reprimirlo a sus anchas y rechazar las demandas populares, mandando a miles de desesperados a una patera.

Toca defender las auténticas voces progresistas de África, ayudarles a conseguir victorias contra los títeres que reparten guerras y miseria. No dejar a presidentes ladrones meter el dinero en Suiza y comprar casas en París o Londres o Marbella. Luchar para devolver lo robado a sus pueblos.

Es un deber urgente ayudar a quienes se levantan contra el fascismo islamista en el mundo, de Irán a Argelia, de Arabia Saudí a Turquía. Y luchar en nuestros países contra ese mismo fascismo islamista, promoviendo la laicidad, es decir, el acceso universal a los mismos derechos para todos. Eso es lo que permite la integración real y la reunificación del pueblo en cada país. Una tarea tan urgente como descomunal.

El señor Maestre aun no ha pedido la excomunión de Monereo. En Cuarto poder, Monereo no dice “Plan Marshall”, dice “New Deal”: “Un programa de desarrollo serio hacia África. Sin eso, es imposible una salida.” Y “Cuando Casado dice que no puede haber papeles para todos… pues claro, es evidente. No somos tontos.”

Querría decir: “No seamos tontos”. Porque tonterías se han dicho muchas, definiendo para la gente la posición de la izquierda “radical”. Cuando Monereo dice lo mismo que Casado, ¿es racista?

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© Alberto Arricruz |  25 Agosto 2018 · Especial para M’Sur

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