¿Solteras, ellas?

 

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[Continuación de la columna Solteros, ellos]

Por la noche, la presencia de chicas solteras en el espacio público es toda una provocación. Si ellas se quejan por una agresión o una violación, será su culpa, porque una chica de buena familia no se aventura por la calle durante las noches.

Las solteras que han visitado países occidentales dan fe: “En el extranjero me siento libre. Camino, feliz. Me siento una mujer.” Su libertad se ve obstaculizada por sus familias a causa de la inseguridad y de la histeria de la maledicencia que empaña la reputación. Temen que las chicas sobrepasen los tabúes sexuales.

Pero saben que sus hijas no se casarán si no establecen una red de conocidos, porque el príncipe azul ya no viene a llamar a la puerta. Algunos padres se ven obligados a bajar la guardia, pero las hijas siguen siendo siempre sospechosas.

Los vecinos, con la complicidad de los conserjes, la controlan y cuentan el número de hombres que lleva a casa

Cuando una soltera es autónoma económicamente, sueña con vivir sola. Algo imposible para la mayoría de familias. La que trabaja en una ciudad diferente a la de sus padres, cumple su sueño. Aunque le cuesta alquilar una vivienda si no está avalada por un varón de su familia. Los vecinos, con la complicidad de los conserjes, la controlan y cuentan el número de hombres que lleva a casa, percibidos como compañeros sexuales. Con frecuencia, algunos vecinos le recuerdan que vive en un inmueble ocupado por familias respetables, amenazándola con presentar una denuncia.

La soltera sufre también la conducta de sus amigas: “La mujer casada evita invitar a sus amigas solteras. Teme por su marido. Se percibe a la soltera como una hembra desesperada, sin ética.” En ocasiones, los maridos piden a sus esposas cortar los lazos con sus antiguas amigas solteras.

Mientras mayor sea la soltera, más aumentará su malestar. Sus allegados la acosan: “¡Wili! ¿Todavía no has encontrado un marido?” La soltería femenina prolongada te expone a la humillación: “Tengo grandes responsabilidades profesionales. Pero me juzgan por mi estatus matrimonial. Mi éxito se reduce a nada.”

Encontrar el marido conveniente no es fácil. El hombre moderno se metamorfosea después de la boda.

“Afirmó amarme por, libre y moderna, ahora quiere que me calle, que cambie mi forma de vestir…”

La mujer debe hacer concesiones, dando un paso atrás: “Conocí a un hombre con estudios, moderno. Afirmó amarme por ser inteligente, libre, moderna, coqueta, autónoma, segura de mí misma. Pero desde el momento en que me pidió la mano, cambió. Las cualidades que afirmaba haber amado se convirtieron en defectos. Se enfada cuando expreso mi desacuerdo ante su familia, quiere que me calle delante de la gente, que no salga más con mis amigas, que cambie mi forma de vestir…”

Las mujeres son cada vez menos capaces de aceptar estas concesiones, tienen la impresión de haber sido traicionadas, de traicionarse ellas mismas. De ahí el temor por el matrimonio, que hace aumentar la edad para dar este paso. Temor que empuja a muchas solteras a renunciar al matrimonio con el hombre de sus sueños: “Tengo un buen trabajo, una casa, un coche, amigos. Si el matrimonio es una fuente de decepciones, prefiero quedarme soltera.”

Ser una mujer soltera significa también no tener sexualidad.

Los hombres reclaman sexo a las chicas. Si son reticentes, las animan en nombre de la modernidad

La soltería femenina está vinculada a la abstinencia sexual. Cuando las chicas se casaban siendo adolescentes podían conservar su virginidad. Pero mientras más años tenga la chica, más avivado estará su deseo sexual y más aumentarán sus tormentos. Cada vez más solteras viven su sexualidad. Pero la mayoría vive con miedo a no encontrar un marido al que no le importe que sea virgen y con el temor a que su familia llegue a enterarse.

Empujadas por un impulso natural hacia los hombres, las solteras buscan la ternura, el amor, compartir cosas y las ganas de encontrar un esposo. A veces solo buscan un compañero con el que puedan hablar y salir para escapar de la rutina.

Todos los hombres reclaman relaciones sexuales a las chicas. Si son reticentes las animan en nombre de la modernidad. Pero el desarrollo de los acontecimientos produce acidez: “Ya no sé qué hacer. Los hombres solo piensan en eso. Una vez que lo consiguen, ¡se largan!”

No hacer el amor es arriesgarse a perder a tu chico: “Me aferro a mi virginidad. Tengo 36 años y no tengo relaciones serias. Los hombres me dejan cuando me niego. Estoy desesperada.”

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Acerca del autor

Soumaya Naamane Guessous
Socióloga. Vive en Casablanca, donde trabaja en la Universidad Hassan II.
Doctorada en París, Naamane Guessous...

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